BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Un siglo sin Galdos

En 1914, las dificultades económicas por las que pasaba Galdós hicieron que sus íntimos organizaran una suscripción en ayuda del novelista, suscripción que fue encabezada por Alfonso XIII con un donativo de 10.000 pesetas. Poco a poco fue espaciando sus salidas. Sí acudía, desde luego, a sus últimos estrenos para recibir el aplauso no sólo de la obra de turno, sino de toda su gigantesca labor literaria. Para entonces, era ya la figura más popular y querida en toda España y su nombre se pronunciaba con una extraña unción.
En 1916 –año en que era nombrado delegado en los actos conmemorativos del tercer centenario de la muerte de Cervantes–, Galdós aún tenía fuerzas para publicar por entregas en La Esfera sus Memorias de un desmemoriado. Tres años más tarde, una fría mañana de enero –tenía a la sazón 76 años–, el maestro acudía al Retiro para asistir a la inauguración de la estatua, obra de Victorio Macho, que el pueblo de Madrid le brindaba, para resarcirlo de ese premio Nobel que por dos veces la Academia Sueca le había propuesto y por dos veces las fuerzas conservadoras le habían vetado. Le habían asegurado que el rey Alfonso acudiría a destaparla para demostrar que el escritor estaba por encima de los partidismos y su gloria más allá de las ideologías. A Galdós le hacía ilusión la presencia del monarca en tan significado momento. Pero, por la razón que fuera –aunque nos lo imaginamos–, el rey se excusó. Y, profundamente decepcionado, el homenajeado escuchó, sentado frente a su estatua de piedra, los discursos reglamentarios, mientras el viento helado del gélido invierno madrileño le hacía tiritar. Fue la última oportunidad de hacer justicia al, para entonces, novelista indiscutible que con más hondura había penetrado en el alma de España, y el cronista que con más tino y equidad había reflejado los avatares de su historia. Y es que, a partir de entonces, su estado de salud, ya de por sí delicado, se fue agravando. Ciego, aquejado de artereoesclerosis y reblandecimiento medular, vivía ya postrado en un sillón o en la cama, bajo los cuidados de Marañón, atento a mitigarle los ataques de uremia y los dolores, pero a sabiendas de que nada podía hacer.
El 22 de agosto de 1919, Galdós salió por última vez a dar un paseo en coche por la Moncloa y el Parque de Oeste. A partir de ese día guardó cama, y se inició una larga agonía. El 29 de octubre tuvo una hemorragia interna. Durante unos días, aún conservó, a ratos, destellos de su asombrosa lucidez. Se cuenta que, durante sus últimas horas, canturreaba con voz trémula las canciones canarias de su infancia. En la madrugada del 4 de enero de 1920 fallecía Galdós, y con él, su siglo, el XIX, que parecía haber conservado en sus manos. ‘La España oficial’, que un año antes había eludido la presencia de sus más altas personalidades en la citada inauguración de su monumento, tampoco acertó esta vez a reaccionar con la presteza y el énfasis precisos ante el hombre genial y comprometido a quien el pueblo, en la calle, lloraba. Ortega y Gasset, desde las páginas del diario El Sol, no dudaría en denunciar aquella flagrante injusticia: «La España oficial, fría, seca, protocolaria – escribía–, ha estado ausente de la unánime demostración de pena provocada por la muerte de Galdós. A última hora se ha querido remediar el olvido con un decreto lamentable, espuma de frivolidad oficial, ejemplo de cómo pueden cegarse en las esferas del poder los manantiales de la sensibilidad. Este decreto, en el que no hay ni una palabra emocionada, destacará hoy su sequedad en las columnas de los periódicos, donde palpita el dolor de todo un pueblo. No importa, sin embargo. El pueblo sabe que se ha muerto el más alto y el más peregrino de los príncipes… Habrá un dolor íntimo y sincero que unirá a los hombres españoles ante la tumba del maestro inolvidable. Y esto valdrá por todos los decretos que puedan aparecer». Era de nuevo la ingratitud de España con sus grandes hombres: la eterna historia. Resarzámoslo leyendo o releyendo su ingente obra.