OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


En camilla

Aquel grupo de alumnos, en términos generales, era emprendedor y responsable. No tenía yo razones especiales para quejarme salvo por el hecho de que, sólo en contadas ocasiones, percibía en ellos alguna ilusión por comerse el mundo e intentar hacer realidad sus sueños. Esa carencia de energía vital, independientemente de las condiciones personales de cada cual, nunca me ha atraído, lo reconozco. Es más, me produce rechazo. El inminente cambio del sistema educativo que por aquel entonces se fraguaba parecía inquietar solamente al profesorado; a aquel profesorado… y eso era, para mí, muy serio y grave. Los alumnos, inmersos en plena adolescencia, no eran conscientes en absoluto de que o arreaban o el toro que estaba a punto de salir de toriles les empitonaría viendo aumentados seriamente sus años de estudios, entre otros regalitos. De pronto, una tarde me encontré con que la vieja pizarra de tiza había desaparecido y que en su lugar lucía otra en la que escribiríamos con rotuladores. Tenía varios pentagramas pintados. Todos con sus lógicas 5 líneas menos uno que, sorprendentemente, tenía 6. Una pregunta al respecto, de uno de los chicos, activó una improvisada respuesta mía. La temida LOGSE no sólo ampliaría asignaturas y años de estudios sino que, además, añadiría una línea a los pentagramas estando ese singular hexagrama ahí pintado a modo de avanzadilla. ¿Y dónde se leerá el sol? ¿Y cómo se escribirá la clave de do en 4ª? Todo eran temores sobre el temido y enigmático futuro. Quién lo sabe, fue la respuesta comodín emitida por mí ante éstas y otras cuestiones. A partir de ese día aquellos jóvenes, prefiriendo huir de lo novedoso antes que probar las bondades de un futuro incierto, vieron acrecentadas las razones para correr ante un morlaco que, no precisamente amorcillado, amenazaba con herirlos de muerte y sacarlos de la plaza en camilla.