LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


La mujer pantera

Después de casi un año tenemos gobierno en España, palabra que incomoda a los socios de gobierno, aunque les moleste más el concepto. Tiempo habrá para analizar las consecuencias del acuerdo, pero es previsible que sea un gobierno más débil de lo esperado hace unos meses.

En Francia ha llegado el momento de la verdad para la presidencia de Emmanuel Macron. Cualquier lector habitual de esta columna, conoce que las cualidades del gobernante son un misterio insondable para el que escribe. No se puede negar que en este asunto parece que Emmanuel ha decidido enfrentarse a los privilegios de unos pocos por el bien del país. No se requiere ir al IESE para entender que 42 sistemas de pensiones ocultan privilegios históricos, es profundamente injusto y a largo plazo es insostenible.

Enfrentarse a los sindicatos y reformar el gigantesco sector público francés es una tarea en la que hasta la fecha han fracasado todos sus predecesores. El volumen de funcionarios es tan alto, que es prácticamente imposible que no haya algún miembro de la familia en nómina y afectado. Acabar con los desequilibrios del sistema de pensiones es un inicio importante y ya veremos cómo termina el pulso.

Sin embargo, el hito relevante francés es otro. Siendo Francia un territorio rico, la triste realidad es que lleva décadas sin crecer, con un déficit permanente y con una sociedad enfrentada. La inmigración norteafricana tras la tercera generación no se ha integrado como los mandarines del Hexágono esperaban. Las grandes multinacionales critican la globalización al ser la única forma de proteger su negocio y evitar la competencia. El proyecto de la Unión Europea se desangra porque los políticos franceses solo se preocupan de encorsetar a los países miembros para que se conserve la grandeur francesa. Las diferencias con Alemania no hacen más que acrecentarse y los desequilibrios de la periferia con París recuerdan peligrosamente a Gran Bretaña.

Algún ensayista francés argumenta que el problema reside en una educación que ensalza dos fracasos colectivos: la revolución francesa y Napoleón. Ambos hechos vinieron acompañados de una orgía de sangre y destrucción. El amor a Francia nubla el intelecto político. La única obsesión nacional ha sido frenar a toda costa el potencial de sus vecinos. Esa estrategia durante los últimos cuatro siglos solo ha traído guerras, muerte y pobreza. Francia necesita un nuevo pacto social. El victimismo que impide la competencia debilita al país porque es una muerte lenta, pero segura.