DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Retenidos a la fuerza

No conozco personalmente a Alberto Encinas. Me ha hablado de él gente de su entorno y he escuchado su voz quebrada en la que se mezclan la emoción, el cansancio, la alegría y la frustración. Cuando algo te conmueve doy por sentado que hay mucha verdad. La pesadilla de Alberto comenzó en diciembre de 2011. En la víspera de Navidad, su ex pareja se fue a Polonia con el pretexto de visitar a su familia. Se llevó a la niña, Olivia, que entonces tenía tres años y nunca más regresó a Mallorca. Han tenido que pasar ocho años para que Alberto haya podido reencontrarse con su hija tras una dura batalla judicial en la que se ha dejado demasiadas energías y más de 60.000 euros. Tenía a la Justicia de su parte tras más de medio centenar de vistas, las autoridades polacas le daban la razón, pero su desesperación se topaba con un muro infranqueable. «Yo llegaba a Polonia y se reían de mí. La policía polaca no me tomaba en serio».
Alberto pasó allí temporadas enteras, recorriendo parques cercanos al lugar en el que pensaba que podía estar su hija. Frecuentaba también estaciones de tren por si se obraba el milagro. Pero la madre tenía escondida a su hija, apartada de la vida rutinaria por si la descubrían. Ni siquiera estaba escolarizada en ningún centro. Además, cambiaban de casa con mucha frecuencia. Hasta que un fallo en su estrategia y la colaboración de la Guardia Civil permitieron a Alberto reencontrarse con su hija. Eso fue la semana pasada y, si difícil es ponerse en la piel de este hombre, no me quiero ni imaginar todo el camino que tiene ahora por delante. Ocho años después, con la madre obsesionada en eliminar cualquier recuerdo del padre, la niña no sabe nada de su familia paterna. No es empezar de cero. El punto de partida está mucho más atrás. Soy incapaz de ponerme en su pellejo.
De Alberto Encinas me ha hablado Raúl Pascual. Su historia tiene coincidencias con las del mallorquín. Raúl es de Guadalajara y también tuvo una hija con una mujer polaca. En trámites de separación, la madre arrebató a la pequeña literalmente de los brazos de la abuela paterna y se la llevó a Polonia. En ese instante comenzó la particular pesadilla de Raúl, que tenía la custodia compartida. El padre fue consciente desde el primer momento de la estrategia de la madre: estaba siendo víctima de un secuestro parental. Cursó la denuncia de forma inmediata, se activaron todos los mecanismos para intentar pararlo, pero fue imposible. A Pascual le costó también una gran cantidad d dinero, varias visitas a Polonia y muchas noches sin dormir. Tardó año y medio en traer a Amaya de nuevo a España, a pesar de contar con la resolución favorable de un tribunal de Varsovia varios meses antes de conseguirlo. Con no pocas dificultades, la adaptación de su hija ha sido más sencilla de lo que seguro va a ser la de Olivia. Amaya es una niña de tres años que va al colegio y que, con esa media lengua de trapo propia de la edad, no calla.
Raúl me pide que no les olvidemos. Que en España hay más de 200 casos de secuestro parental todavía sin resolver. Padres y madres que tienen retenidos a sus hijos evitando que los puedan ver sus parejas. Me habla de Olga. Su ex pareja, Donald, se llevó al niño a Estados Unidos en el verano de 2018 y Olga no ha vuelto a verle. «A ver si conseguimos que otro niño pueda disfrutar de estas fechas de nuevo con su familia». Suerte, Olga.