LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Revuelta rural

Una enorme y oxidada estufa de serrín contribuye, junto a la decimonónica gloria, a que el aula mantenga el calor. El invierno está siendo especialmente duro y las tardes, aunque se alargan, traen un aire helador que se mete hasta los huesos.
Mateo, visiblemente nervioso, escribe en la pizarra parte de la tabla del nueve. Usando los dedos con disimulo, rellena los huecos en el encerado mientras Don Emilio, el maestro, da vueltas por la clase, sosteniendo con las manos la regla de madera. 
Sus compañeros se afanan desde los pupitres en completar los ejercicios antes de que el reloj ponga fin a las clases. Es viernes y ya huele a diversión.
Es la hora. Don Emilio intenta dar las últimas instrucciones, pero sus palabras se distorsionan entre el bullicio y el júbilo de la chiquillería que sale con ganas de disfrutar de dos días de fiesta.
Del cole a casa, en menos de un minuto. Abrir la puerta, dejar los libros y a jugar en esas calles ausentes de cualquier peligro. Ventajas de vivir en ese pueblo precioso, ubicado en la zona de Pinares, en el límite de las provincias de Burgos y Soria. 
El tren está a punto de llegar.La línea Santander-Mediterráneo permite a muchos lugareños volver cada fin de semana de la ciudad al campo. Mateo espera a su hermano en el andén, hojeando un tebeo que ha ido pasando de mano en mano. Como muchos otros, Javier, el mayor, se vio obligado a volar a la capital en busca de oportunidades, pero hoy regresa para quedarse. En breve, abrirán una fábrica de madera muy cerca de allí y ha tenido la suerte de ser uno de los seleccionados para trabajar.
Ambos llegan andando a la casa de paredes de piedra, donde su padre les espera para que, a la vez que recogen leña, le ayuden a guardar las ovejas en la tenada. Los pocos ahorros que Javier ha podido ir aportando han ayudado a mejorar la maltrecha economía familiar, pero algo ha cambiado y toda la comarca, con la apertura de la maderera, tiene ahora, en 1957, un esperanzador porvenir.  
Sin embargo, el mundo rural vive hoy y desde hace décadas momentos complicados. La despoblación, generada por la ausencia de inversiones e infraestructuras, la escasez de oportunidades y la falta de servicios, es una condena que les empuja de manera inexorable hacia el fantasma de la desaparición. Sus gentes no se resignan y se aferran al arraigo a una forma de vida que, generación tras generación, ha continuado con las tradiciones y costumbres que mantienen muy viva una llama que, lejos de apagarse, brilla más que nunca.    
Las políticas llevadas a cabo desde los planes de industrialización fomentados en los años sesenta y setenta por los Gobiernos de Franco -el denominado desarrollismo-, con una marcada apuesta  por implantar la industria en los núcleos urbanos del centro y de la periferia costera -sobre todo Madrid, Cataluña, País Vasco y Zaragoza- para conformar los famosos polos, en detrimento de los pueblos, han provocado un éxodo forzoso, que ha continuado durante la Transición y se ha hecho mucho más visible con los Ejecutivos que han ido sucediéndose en democracia.
Pese a las ayudas de la Unión Europea para fomentar la cohesión territorial, la política económica más reciente se ha volcado en torno a las capitales, desmantelando un sistema de infraestructuras consolidado, para impulsar nuevos ejes de comunicación que están estrangulando a determinadas zonas rurales, quedando aisladas del progreso, robando población y futuro, convirtiéndolas en enclaves envejecidos, donde los jóvenes se ven empujados a hacer la maleta para buscar su lugar. 
Javier se acaba de prejubilar. La fábrica de madera se deslocalizó y en el pueblo ya no hay escuela ni pasa el tren. El cierre del ferrocarril y el deterioro constante de las carreteras les hicieron caer en el olvido. Las dificultades no han podido ni con él ni con su hermano Mateo, que hoy continúan viviendo en su pequeño paraíso.
Una parte de España está discriminada, desvertebrada. Algo más de 10 millones de habitantes -uno de cada cuatro- habitan en el 75 por ciento del territorio.
¿Hasta cuándo habrá que esperar para implantar políticas creativas y valientes que impulsen nuevas inversiones, mejoren la fiscalidad para los emprendedores de estas zonas, garanticen los servicios básicos y estén enfocadas a asegurar el futuro y la igualdad de oportunidades?
La España Vaciada, esa que lucha por sobrevivir, se une para movilizarse el próximo 31 de marzo en Madrid; una revuelta sin precedentes de aquellos pueblos vivos, que se niegan a ser considerados ciudadanos de segunda, cuando demuestran ser gente de primera.