BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Arsénico por compasión

Le dice Daisy a Bérenger al final de Rinoceronte de Ionesco: «En menos de una semana hemos vivido todas las fases de un enamoramiento: desde la primera cristalización, hasta la extinción de la pasión, pasando por los momentos de  exaltación y de duda». Y  algo parecido ha ocurrido a ese movimiento convulsivo y lleno de esperanzas que fue «Podemos» en sus inicios. Un movimiento que sacudió hasta las raíces a un PSOE anquilosado, timorato e incapaz de ilusionar; un PSOE aburguesado, con un aparato más pendiente de perpetuarse que de renovarse.
 Lo que significó Podemos en aquella España que agonizaba bajo la angustia de una crisis inacabable, lo vivimos, jóvenes y adultos progresistas, con una ilusión inusitada: «Por fin, dijimos, algo se mueve en la tierra baldía en que se había convertido la política en España». El «sí se puede» avanzó como una marea, hizo tambalearse los cimientos de la vieja izquierda, que, de la noche a la mañana, perdió la mitad de los votos de antaño, a punto de ser subsumida por aquellos jóvenes arrolladores que venían plenamente dispuestos a establecer un statu quo en el que,  por fin, imperara la justicia; los jóvenes hallaran un trabajo dignamente remunerado y las desigualdades entre los pobres y los ricos cesaran y paulatinamente se redujeran. Aquí y allá surgieron personalidades atrayentes, algunas incluso fascinantes, que parecían dispuestas a comerse el mundo. Los primeros resultados electorales demostraron que la cosa iba en serio, tanto que la preocupación y el pesimismo se adueñaron de los que, gane la derecha o la izquierda, controlan los mecanismos del poder. Algo se les había ido de las manos, posiblemente por haber tomado a aquellos jóvenes alborotadores por un movimiento romántico como tantos y tantos.
 ¿Qué ocurrió para que, en tan pocos años, se haya desvanecido gran parte de la ilusión generada? No cabe duda de que se las han tenido que ver con enemigos poderosos e implacables que en ningún momento utilizaron con ellos la misma vara de medir que con los demás. Cabe incluso que fuera eso mismo lo que los impulsó a parapetarse, a perder parte de aquella posible ingenuidad de los inicios. Pero también es muy posible que tan resonantes triunfos electorales no supieran digerirlos y que, de repente, surgiera la soberbia en sus máximos dirigentes: el endiosamiento de Pablo Iglesias, rodeado de sus íntimos, Irene Montero, Pablo Echenique y Monedero en la sombra, hizo que, de la noche a la mañana, se esfumara parte del romanticismo y se pasara a un rigorismo con tintes radicales. Las cabezas empezaron a rodar y, con ellas, la sombra  de una dictadura de izquierda dirigida con mano de hierro por Iglesias.
 El momento clave, como se sabe, fue su negativa a apoyar la investidura de Pedro Sánchez, después de aquella «salida de pata de banco» que fue el modo de hacer público sus exigencias: una vicepresidencia y cuatro ministerios clave. ¡Cómo eran posibles tales dosis de imprudencia! Lo que pudo ser un gobierno de coalición, ese mismo que ahora suplica con muchísimas menos cartas, se convirtió en un gobierno del PP, con un Rajoy, también mermado por la aparición de Ciudadanos, pero que se moría de la risa. La dolorosa ruptura con Errejón, el asunto de la mansión en la zona noble de Madrid y, sobre todo, la intransigencia de la que durante meses hizo gala, intransigencia  que provocó un rosario incesante de dimisiones, hicieron el resto.
 Su rostro amansado mientras una y otra vez  se postula como coalición de gobierno, cuando se halla en pleno declive, da pena. El humo y la tierra quemada de la que habla Luis Llorente aplicada al «molinismo» en Castilla-La Mancha, es aplicable, en gran medida, a la cabeza de Podemos. ¿Es todavía tiempo de rectificar? No sé. Hay trenes que sólo pasan una vez en la vida, y, por lo demás, los jóvenes no tienen esas dosis de paciencia y comprensión de las que hacen gala los votantes de derechas. Aquí un error te condena y tres te entierran.