OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Ellos

Vibra mi móvil. Al mirar la pantalla y descubrir quien llama, dado que son las doce del mediodía y sabiendo que él sabe que a estas horas trabajo, temo lo peor. Busco una excusa para contestar aunque sea brevemente y su saludo pausado, relajado… me tranquiliza. Falsa alarma. Me pregunta una chorrada sin ninguna pasión. Su interés en torno a lo que estoy haciendo en ese mismo momento, así como sus palabras siguientes, ponen de relieve que está aburrido y que sin saber en qué ocupar su tiempo ha decidido llamarme. Le digo que me pilla trabajando y que luego le devolveré la llamada. No suele llamarme; solamente lo hace cuando no tiene nada mejor que hacer, o sea cuando no tiene nada que hacer. Por la noche salgo a caminar. Me aburre enormemente caminar porque sí. Busco siempre algo que hacer al mismo tiempo: escuchar la radio, realizar llamadas pendientes o buscar objetivos a enfocar con mi cámara. Son geniales ocupaciones, aunque en ocasiones insuficientes. De pronto me acuerdo de la llamada recibida por la mañana y decido no devolverla. Me sorprende la gente que se aburre. Desconozco esa sensación y sus consecuencias. Conozco personas que nacieron aburridas, que son aburridas y que el paso del tiempo solo ha conseguido en ellos hacer méritos para que el día de mañana, cuando estén jubilados, así como han hecho los cuarenta años anteriores, no hagan otra cosa de fuste sino ver la televisión. Camuflar el tedio, haciendo creer a los demás que disfrutan regularmente con algo tan básico como eso, es triste. Quien no tiene pasiones, quien no encuentra motivos para ilusionarse cada día, quien no tiene aficiones a las que dedicar su tiempo suele ver a los que estamos siempre disfrutando de esos 60 segundos que Kipling recordó que tiene cada minuto, como personas agobiadas y estresadas. Sí, sí… que se lo han creído ellos.
 



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