EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Las mafias aseadas

Un empresario, al que conocí en la inclemencia de la posguerra, me contaba que uno de los síntomas de que la persona con la que iba a negociar era un sinvergüenza, es que al sacar unas notas o un pañuelo de su bolsillo asomaba como distraídamente un escapulario o un rosario.
Está claro que un malencarado o antipático no puede hacer carrera de estafador y, por el contrario, un axioma inglés nos previene de quien es «demasiado educado, para ser honesto».
Un sinvergüenza profesional ha de presentarse bien aseado con las virtudes de la bondad y plantear un discurso de suficiente fuerza sentimental como para que quien lo recibe margine los argumentos racionales que sustentarían la tesis contraria. Una vez que quien recibe la propaganda ha sido seducido, abdica de cualquier actitud crítica y se entrega a los dictados de su amable maestro y dirigente. El óptimo de la adhesión es cuando el feligrés suelta la pasta.
Todo esto viene a cuento de la lección que ahora sacamos a resultas del fenómeno provocado por la ONG Proactiva Open Arms que, maquillada de humanismo, desarrolla lo que realmente es un negocio de rescate de náufragos no accidentales en colaboración con las redes de tráfico de seres humanos. Este aparente salvamento encubre el transporte de emigrantes africanos a los que además someten al riesgo de transbordarlos en alta mar. Oscar Camps, el director de la ONG, se jacta de salvar a muchas personas, pero como los rescates no siempre salen bien, la oferta de Camps lleva a puerto a tres  personas y ahoga a una. Mejor haría embarcándoles en Trípoli. El barco no es un navío de salvamento sino de transporte, pues no aproa a la cercana costa tunecina sino a Europa, y si arribaran a Zarzis los tales náufragos estarían a salvo pero la organización no iba a cobrar ni un euro.
Las mafias se asean para aparentar buena estampa y disponen de grandes medios para conmover a la opinión pública, sobornar a los fiscales, comprar a los periodistas y embarcar a Richard Gere para repartir bocadillos. Lucas de la Cal en El Mundo beatifica a Oscar Camps como quien «ha salvado casi 60.000 vidas en el Mediterráneo». Da esta cifra irreal, pero no habla del número de los que se ahogaron al intentar seguir su llamada. El País apadrina una zurra de Javier Cercas a quienes se niegan con «argumentos falaces, tramposos o abyectos, a acoger a esos desesperados» y les indica: «Váyanse ustedes a la mierda». Esto no me sirve.
El mensaje publicitario provoca un clima emocional para que, por la compasión, el ciudadano acepte y colabore con los intereses de las mafias. Pero, al mismo tiempo, estas ONG que florecen en ideologías de izquierda, desacreditan a las democracias en las que aspiran a vivir los inmigrantes, culpándolas del drama que viven, y ocultan que es limitada la capacidad de absorción de extranjeros en un país sin que éste pierda su consistencia. África (1.300 millones), con un crecimiento demográfico exponencial, no cabe en Europa (400 millones).
Es en los países de origen en donde hay que crear estructuras económicas y sociales de desarrollo y esta propuesta es la solución racional del problema. Mientras tanto, soportamos una marea sentimental que trata de asear como humanitario lo que es un negocio inhumano.