TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Así, Sánchez no dura esos mil cuatrocientos y pico días

Pedro Sánchez, en su primera entrevista tras las elecciones -me gustaron el tono y lo incisivo de las preguntas planteadas por mis compañeros Blanco y Franganillo en la tele oficial, la verdad--, se esforzó por dar una apariencia de normalidad al inicio del rodaje de su Gobierno, que dedica los primeros Consejos de Ministros de los martes a pensiones, salario mínimo y sueldos de funcionarios, que era lo previsible. Lo malo es lo imprevisible: está claro que al nuevo Ejecutivo le falta rodaje en su apéndice podemita y que algunas meteduras de pata, ciertas polémicas, afean lo que Sánchez, hoy triunfando -o algo así-- en Davos, quiere pavimentar como el camino normal y dialogante de los 1.456 días que espera que dure su mandato.

Debo elogiar en el presidente de un Ejecutivo de coalición forzada, basada en el apoyo de los enemigos de la unidad de España, ese esfuerzo por hacer aparecer normal lo que a todos luces es anormal: la mesa de negociación 'de gobierno a gobierno' con el secesionismo catalán, el hecho de que esa negociación se lleve a cabo con un preso por golpismo y condenado a trece años de cárcel y de que un fugado de la ley se inmiscuya también, las patentes contradicciones que evidencian las hemerotecas entre lo prometido y lo cumplido, entre el dicho y el hecho. Baste decir que el apoyo necesario para la estabilidad de Sánchez se ausentará de la inauguración solemne de la Legislatura porque... a ella va el jefe del Estado, y Esquerra no le reconoce como tal. ¿Es esto normalidad?

Eso, sin contar con que no hay ningún gobierno europeo, ni siquiera el portugués, tan distinto y distante por muchas razones, con una estructura bifronte, tan basada en la desconfianza, como el español. Jamás los integrantes de las 'grandes coaliciones' alemanas, por ejemplo, se miraron tan de reojo como Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Y mira que ha habido roces entre ambos partidos germanos; pero aquello estaba bien organizado, y 'esto' es fruto de la improvisación.

Todo lo dicho, más lo bisoño de algunos ministros morados, que no acaban de entender que, una vez que se pisa moqueta, hay que saber cuidar el lenguaje cuando te refieres a los jueces o a otras instituciones, instala los primeros pasos del Ejecutivo en un cierto titubeo, que no pueden ocultar ni los planes de Sánchez para visitar a los presidentes autonómicos en sus sedes -buena idea; incluyendo, o empezando por, Torra- ni la promesa, o declaración de intenciones, de tener listos los Presupuestos para antes del verano. Cosa que me temo que difícilmente ocurrirá, si Junqueras, desde la prisión, sigue agitando las aguas, que ya veremos lo que ocurre en el 'territorio comanche' catalán.

De momento, lo urgente sería no aumentar la sensación de inseguridad jurídica y política de los ciudadanos a base de amenazar con, por poner un ejemplo entre muchos, imponer el artículo 155... ¡¡en Murcia!! por un quítame allá ese pin parental, haciendo el juego a una derecha 'dura' que lo que quiere también, un poco desordenadamente, pero con cierta razón, es contribuir al oleaje en el estanque, sobre todo cuando el estanque está embravecido.

Sería, más bien que la hora de las polémicas estériles e innecesarias sobre la educación, o sobre casi todo, la hora de proponer pactos de Estado: mucho más urgente que ir a ver a Torra, aunque ello me parece positivo, sería, entiendo, recibir a Pablo Casado e Inés Arrimadas en La Moncloa, y ver qué se puede construir a partir de ahora. Pero, claro, para ello Sánchez tiene que bajarse de la prepotencia que su limitadísima victoria 'turolense' le ha imbuido, Iglesias tiene que ajustarse al papel que le permiten tener, Casado tiene que dejar de mirar con angustia el ascenso de Vox en las encuestas y dejar de pasar a Abascal por la derecha y Arrimadas tiene que afianzarse como partido de centro, si puede y la dejan. Ya sé que es mucho pedir, pero que sepa Sánchez que, tal y como va el rumbo, así no llega a sus famosos mil cuatrocientos y pico días. Ni soñando.



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