TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


El jugador de casa

El mismo día que me dio por criticar al crítico, o sea, al aficionado que no entendía que todo esto del fútbol es un mercadeo de mercenarios y el pelotero juega donde quiere y quiere donde juega, Iago Aspas rompió a llorar. Demasiado taxativo: tuve que escribir «casi todo». Afortunadamente sigue habiendo jugadores de casa que rompen esta dinámica del mercadeo salvaje: Aspas rompió a llorar porque el chico es forofo antes que capitán, loco del Celta antes que portador de una simple camiseta, y ha estado dos meses sin poder ayudar por culpa de una lesión y el equipo ha caído a puestos de descenso y el público, en el 3-2, tributó una de esas ovaciones que solo aprecian, joder, los que sienten los colores. Cinco canteranos en una plantilla de 24:el caldo de cultivo ideal, tres entrenadores después, para que el equipo no sepa sacar la cabeza del fondo y nadie tire hacia arriba cuando la cosa se complica.  
El forofo está convencido de que sus gritos y sus aplausos forman parte del juego. Que cuanto más fuerte anime, más achicará al adversario al tiempo que inyecta gasolina en las piernas del rival. Es decir: el forofo vive una ensoñación maravillosa porque piensa que es efectiva y real y que él, con sus 112 kilos o su puro o sus cincuenta y tantos o su no haber pateado nada redondo en su vida, forma parte del juego y puede influir. ¡Ese es, más o menos, el jugador de casa... con la salvedad de que él sí influye! El que sabe del pasado del club y quiere asegurar un futuro, el que se pega jodido toda la semana después de la derrota y no quiere ni ver a los ‘eternos enemigos’ para que le pasen la enésima humillación por la cara. Aspas es un hincha sobre el césped y ha vuelto para sacar a su Celta, lo que más quiere, del pozo. Cuando llora, un buen pedazo de fútbol, el de antes, llora con él.