CRÓNICA PERSONAL

Pilar Cernuda

Periodista y escritora. Analista política


Precio justo

A Pedro Sánchez se le ha soliviantado la España vacía que no se le iba de la boca durante la campaña electoral. La España del campo, de agricultores y ganaderos que trabajan de sol a sol, hace años que apenas reciben ayudas de la Unión Europea y reciben por sus productos tres y cuatro veces menos que el precio de venta al consumidor.

Esa España del campo ha inundado Madrid de tractores para alertar sobre su situación y pedir un precio justo. Están cargados de razón. Sus hijos han emigrado a las ciudades porque solo en ellas encuentran posibilidad de encontrar empleo, porque a sus pueblos no llegan las inversiones extranjeras, ni las empresas o emprendedores españoles. Sin embargo, paradójicamente, en las ciudades se ha asentado una cultura de consumo de productos naturales que supuestamente tendría que repercutir en aquellos que se dedican a su cultivo. Pero reciben por ellos un precio que con frecuencia no cubre ni los gastos.

El ministro Planas conoce bien el mundo de la agricultura y la ganadería, ha tenido cargos relevantes en Bruselas y se especializó en ese sector. Responsabiliza a las grandes superficies y a sus cadenas de distribución, a las que ha pedido que revisen sus precios para que se ajusten a la demanda y al coste en origen. Han respondido que los consumidores no pueden pagar los precios que los productores considerarían justos; que lo son, pero que de pagarlos convertiría el precio final en prohibitivo, sin salida. La pescadilla que se mueve la cola: el precio justo para los productores, es injusto para los consumidores, que además se aprietan el cinturón ante un futuro que se presenta complicado y con menos oportunidades de empleo.

A un buen gobierno le corresponde tomar medidas adecuadas a las necesidades de unos y de otros, en vez de ser los campeones del concurso que busca culpables debajo de las piedras. En este caso, a los comerciantes, distribuidores, la Política Agracia Común o las consecuencias del Brexit. La falta de propuestas efectivas ante los problemas del campo no traerá más que miseria, desempleo, y una población rural decreciente y desatendida. Además de la desaparición gradual de todos aquellos alimentos de primera necesidad indispensables para la salud.

Cuidado con mostrar indiferencia ante las protestas, o caer en el comentario intolerable de Pepe Álvarez que ha llamado a los manifestantes “la derecha carca terrateniente”. Se nota que el líder de UGT no ha pisado barro en su vida. Hay terratenientes, por supuesto, probablemente preocupados por su situación; pero la inmensa mayoría de los que se manifiestan con sus tractores son trabajadores que con sus ingresos no llegan ni a mitad de mes.

Trabajadores que, de buena fe, pensaban que un gobierno de izquierdas sería más sensible a su situación que a estar solo pendiente de cómo bailarle el agua a los independentistas catalanes o averiguar si Urkullu finalmente convoca elecciones el Domingo de Ramos.


 



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