VERDADES ARRIESGADAS

Víctor Arribas

Periodista


Campuzano

Puigdemont no paga traidores. Como Roma, la del imperio, no la de Cuarón. El problema es que además de no dar ni agua a los traidores, tampoco concede lo más mínimo a quienes sin ser traidores no se hayan alineado hasta las trancas con sus delirios separatistas y antiespañoles. Por eso, desde su palacete de Waterloo, materiales nobles en baños y dependencias, ha borrado de las listas electorales a todo aquél que ha sido tibio en la defensa de su imaginaria república imposible. Sólo le acompañarán en el duro esfuerzo de cobrar sueldos apañados del intolerante Estado español aquellos que no hayan mostrado jamás un tímido brote de sensatez y de llamamientos al diálogo pacificador.

Entre los que se quedarán fuera de las instituciones del órgano represor máximo, el Congreso de los Diputados, está el hasta ahora portavoz del partido de Puigdemont, sea cual sea su nombre esta vez. Entrevisté a Carles Campuzano varias veces en los últimos meses y en horario de máxima audiencia, por convicción personal y exigencia profesional, convencimiento en suma de que el suyo es un discurso que hay que escuchar y respetar. Llegamos incluso a forjar una enriquecedora relación en esas conversaciones previas a cualquier entrevista en directo, que aparentemente son sobre el tiempo primaveral y la marcha de la liga de fútbol pero que aportan mucho al background del periodista. Al margen de que se llevara alguna sorpresa de carácter deportivo, Campuzano me pareció siempre afable, cordial, nada radical y perfectamente válido para cualquier defensa democrática de precepto alguno. Lo que no podía imaginarme yo al irme a la cama tras entrevistarle era que Campuzano creyera de verdad algunas de las cosas que decía, como igual me ocurrió con Xuclá o con Cleríes. No podía ser que gente tan preparada, tan respetuosa en el diálogo, dijera en serio que en España hay presos políticos o que los dirigentes en prisión preventiva por declarar la independencia de una parte del territorio nacional estuvieran encarcelados por sus ideas. Llegué a pensar que el político barcelonés lo hacía empujado por esa desastrosa obsesión de la disciplina de partido. La disciplina de país soñado, sería en todo caso. Y más de un gesto, una mirada cautiva o unos ojos delatores de mi interlocutor me lo confirmaron alguna vez.

Ahora Campuzano ya ve lo que vale la disciplina y el sometimiento al mesías que todo lo ordena desde su falso exilio belga. Ahora él imputa a quien le aleja del Congreso «profunda incompetencia ». Demasiado tarde, Campuzano, estimado interlocutor.