Esther Esteban

Periodista y escritora. Analista política


El ruiseñor y el pecado

Es un crimen terrible que ha conmocionado a todo el país. Que finalmente hayan aparecido los cadáveres de los dos niños desaparecidos en Godella, con signos evidentes de haber sido asesinados a golpes, vuelve a abrir un debate en nuestro país sobre el grado de protección de los más pequeños y vulnerables. Horas antes de que el hallazgo se produjese, el padre de los niños aseguró a la Guardia Civil que solo quería regresar a su país porque estaban muertos. "No se preocupen. Están todos muertos". Y añadió que María, la madre desnaturalizada y al parecer la autora material del crimen "quería que los niños se reencarnaran para ser más felices" y que ella se tiraría al fondo de una piscina para reencarnarse con ellos. Ahora nadie se explica lo sucedido, pero tampoco se puede obviar que los familiares, los amigos, los vecinos o los Servicios Sociales no tuvieran en cuenta las señales de alarma ni las condiciones de miseria en las que vivían los pequeños: absolutamente descuidados rodeados de suciedad y en estado de abandono. Ni siquiera en el colegio llamó la atención que Rachel, la mayor de ellos de apenas tres años llevará desde hace más de un mes sin asistir. Si es cierto que los servicios sociales, como dicen ahora, habían abierto un expediente debido a los presuntos problemas mentales de los progenitores y la desatención hacia los menores, evidentemente han llegado tarde y es intolerable la falta de actuación en casos urgentes.

Ahora todos se preguntan por qué no se les retiro inmediatamente la custodia y cómo es posible que siga primando la retórica de la absurda burocracia ante hechos de esta gravedad. Mientras escribo estas líneas he recordado el caso de otros niños asesinados como Ruth y José, el pequeño Gabriel y también el de Asunta y eso me sirve para constatar, una vez más, que la maldad humana no tiene límites. No dejo de pensar qué clase de monstruo puede acabar con la vida de unos niños a los que debería de proteger. Me da igual que luego se diga que los padres tenían trastornos psiquiátricos, o que estaban enganchados a las drogas, argumentos por ciento, utilizados siempre como una estrategia de defensa. Solo desde una mente absolutamente perversa y maligna se puede arrancar de cuajo la vida de quien has llevado en las entrañas y parido.

Aún así, algo muy grave pasa en una sociedad que permite que ocurran estas cosas y si de muestra vale un botón desde el 2013 -año en que empezaron individualizarse los asesinatos de niños en el ámbito familiar- la cifra de la vergüenza es de 29. Las circunstancias son distintas, pero no se por qué me viene a la cabeza lo que ocurrió a la pequeña Asunta Basterra, esa niña a quienes, según decían sus padres, pretendían sacar de la miseria y ofrecerle un futuro mejor y al final asesinaron. Entonces, como hoy, se abrió un intenso debate en el que unos hablaban de justicia y otros de venganza. Asunta fue abandonada en un orfanato de Yongzhou y llegó a España sin haber cumplido un año. Dicen que sus padres, Rosario Porto y Alfonso Basterr,a que cumplen condena por su terrible crimen, presumían de que ella era su princesa oriental. A sus 12 años era una niña brillante y despierta, que dominaba cinco idiomas, hacia ballet, escribía cuentos, iba una clase adelantada y sería un regalo del cielo para cualquier familia menos para la suya. ¿Por qué? se preguntaban todos. Nada ni nadie puede explicar un caso tan terrible. Da igual los celos de Medea, las miserias ocultas, el dinero o el miedo. 
Y ahora con los pequeños Rachel y Amiel ocurre lo mismo. Los dos hermanos de cinco meses y tres años aparecieron muertos y enterrados detrás de la casa y todo apunta a que fue la madre quien acabó con ellos de la peor manera posible golpeándoles hasta verles morir. Todos nos preguntamos qué clase de padres terribles pueden matar salvajemente a sus hijos y enterrarlos con sus propias manos. Como ya he escrito en alguna ocasión, ahora y siempre hay que recordar aquello que se decía en matar a un ruiseñor. "Los ruiseñores no se dedican a otra cosa que a cantar para alegrarnos... No hacen nada más que derramar el corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar a un ruiseñor". 
El desasosiego de pensar en los últimos suspiros de vida de los pequeños Rachel y Amiel y el terrible pecado de quienes han matado a los pequeños ruiseñores solo lo apacigua el deseo de que se haga justicia y de que casos así no se vuelvan a producir. Adiós pequeños, descansad en Paz.