EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Vivir de memoria

Vivimos tan activamente que no llegamos a tener conciencia de ese vivir, y es en una sincera Navidad cuando reparamos en nosotros mismos. También sabremos un día que, cuando la juventud es tiempo pasado, entonces comenzamos a entenderla, por lo que ya no caben más campos del Edén que los del recuerdo.
Es un gasto inútil vivir sin tener conciencia de ello, en un ejercicio al que no le sacamos el provecho debido. Esto es comprobable al menos en el cuerpo físico de cada uno de nosotros del que solamente reparamos en caso de enfermedad. El cuerpo es el lugar que nos duele y pocas veces es el sujeto del bienestar, precisamente porque el buen equilibrio biológico lo hace inadvertible. Lo pasamos bien y no hay preguntas.
Si el futuro es impredecible, el presente es un filo delgado y la mayor parte del vivir se ha acumulado en el recuerdo de lo vivido y en la ilusión por lo que ha de venir. Pero esto no es hablar de la inexistencia sino de otro modo de vivir. Un gourmet del placer se deleita en el acto tanto como en sus preámbulos y tanto como en su nostalgia. ¿No es excitante la espera en el andén en donde llegará el tren que trae al amado? ¿No es emocionante escribir un poema en donde encerrar lo que estamos sintiendo después de darle el adiós?
Mi memoria cumple con la «obsolescencia programada» por la naturaleza y ahora sufre sus primeros fallos que, curiosamente, afectan más a mi memoria próxima que es incapaz de recordar lo que he cenado anoche, que a mi memoria remota por la que no olvido la noche en que los Reyes Magos me trajeron la bicicleta. Como en las antiguas tiras pegamoscas, las mejor fijadas son las que cayeron hace más tiempo. Y, lamentablemente, los recuerdos más tenaces y cuyos detalles son inolvidables, son los de las veces en que en esta vida hicimos el ridículo.
Los exégetas optimistas dicen que la progresiva incapacidad de conservar recuerdos es por la riqueza acumulada en nuestra psique que no deja hueco a nuevas aportaciones, lo que equivale a suponer que nos portamos como tontos por exceso de sabiduría. Quizá esta idea sea prestada de Funes el memorioso, un personaje de Borges que se sentía enfermo por una saturación de recuerdos que no le dejaban reposo y necesitaba olvidar unos para guardar a otros.
Las personas desaparecen del mundo cuando caen en el olvido, por lo que es posible mantener vivos amores que perdieron su ejercicio hace años pero su evocación sigue viva. Cuando en una pareja los años han convertido la pasión en amistad, es posible mantener el amor en el recuerdo de aquellos jóvenes apasionados. Es lo que en un poema llamo vivir el amor «de memoria presente» por el que sentimos hoy la emoción retrospectiva de estar «siendo cómplices sabios y maduros / de aquellos insensatos». Ver hoy al amado con los ojos de entonces.
Dentro de la aventura de ser hombre, el recuerdo tiene a veces mayor jerarquía que lo que sucede al día y en ocasiones extremas llega a suplir lo que fue inexistente, como confiesa Disraeli de «recordar más cosas de las que he visto». Tal es la misión de la creación artística por la que una persona llega a inventar sus recuerdos y hacerlos formar parte de su biografía.



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