LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


El Campo de Montiel

El cielo se abrió hace ahora diez días y descerrajó toda su furia sobre los campos de Montiel, aquellos mismos por los que Cervantes hizo perderse a Don Quijote durante buena parte de su periplo. Lluvia, viento y, sobre todo granizo, arrasaron una comarca que agoniza y a la que nadie hace demasiado caso. Villanueva de los Infantes quedó sepultada bajo un manto blanco que se tendió desde el cielo; sus cosechas, devastadas por la fuerza del pedrisco; la vendimia, perdida; el pimiento, deshecho; el olivar, veremos. El ciclón también arrasó pueblos como Almedina, Torre de Juan Abad o Villamanrique. Lo ha hecho además días antes de la recolección, el momento álgido del año donde se vuelca el trabajo completo de los meses. El cielo no ha tenido piedad, la tormenta ha sido arrebatadora. La piedra era del tamaño de balones y ha agujereado la viña hasta matarla. Se pide la zona catastrófica porque no hay ni zona y sí un grito desesperado de muerte que viene de lejos y que ahuyenta  los oídos. El campo de Montiel agoniza y esto puede ser la puntilla.
 Pasé mis dos primeros años profesionales en Onda Cero Valdepeñas, Ciudad del Vino y cabeza de una comarca inmarcesible. Ahí estaba el Campo de Montiel, ahí lo conocí, ahí lo pateé y recorrí sus pueblos ya entonces casi abandonados. El paso por su antiguo señorío era devastador. Me recordaba a aquel viaje de novios que hice a La Habana y la decadencia colonial del Malecón. La Torre de Juan Abad, el señorío de Quevedo, a donde se retiró de Madrid, harto de la Corte entera,  lucía una iglesia espléndida y el órgano precisamente donde escuchaba misa. Pero poco más. Ahora iniciativas valientes de emprendedores o locos que quieren a su tierra como el dueño del restaurante El Coto, que apuestan por lo autóctono y lo rural, son los únicos que tiran del carro. Más dura fue la postguerra, cuando únicamente visionarios como Francisco Marín hicieron del Campo de Montiel una oportunidad para vivir en una España que gritaba de hambre. Marín comenzó en el Rastro vendiendo batas con Amancio Ortega. Luego sus vidas se separaron, pero ambos fueron capaces de levantar sus telares y cubrir de riqueza el tiempo que ocuparon. Confecciones Marín es la historia del auge de una comarca que aún mantiene viva su actividad, pero a la que los demás, poco a poco, han ido abandonando. Los políticos van por allí a pedir el voto cada cuatro años y pare usted de contar.
 Si el reto de los partidos es la lucha contra la despoblación, ya pueden empezar por el Campo de Montiel. Precisamente, ha sido la localidad más rica en patrimonio y numerosa en habitantes, Villanueva de los Infantes, la más afectada por la tormenta. Las imágenes que vi de hace dos lunes eran el infierno mismo. Bolas de acero devorando coches y persianas. El resto de municipios, más pequeños, se quedan sin nada, sin cosechas, sin vida. Es verdad que están los seguros, pero eso es tan incierto como el nublado cuando se forma. El PP ha pasado por allí, pero me sorprende la tibieza de la Junta. Si algún sentido tiene la comunidad autónoma, la empresa más importante de la región, es no dejar tirado a nadie. Emiliano, al que cada vez más asemejo a un pater familias, no puede ni debe dejar en el olvido el Campo de Montiel. Es como si el Quijote no tuviera ya por donde correr.