TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Territorio Gulag

Vladimir Antónov-Obséyenko estuvo a bordo del Aurora, barco de guerra ruso que combatió a los alemanes en la Primera Guerra Mundial. El barco formó parte de las once naves del “escuadrón de octubre” atracadas en el Neva, y allí sigue como museo. Del Aurora lanzaron proyectiles al palacio de invierno en Petrogrado antes de comenzar el II Congreso de Soviets de Diputados Obreros y Soldados. En Petrogrado se repartió un panfleto que decía: «A los ciudadanos de Rusia!». El gobierno provisional ha sido depuesto. El poder del Estado ha pasado a manos del órgano del Soviet de Petrogrado de Diputados Obreros y Soldados, el Comité Militar Revolucionario, que se encuentra al frente del proletariado y la guarnición de Petrogrado. La causa por la que el pueblo ha estado luchando: la propuesta inmediata de una paz democrática, la abolición de los derechos de la propiedad de los terratenientes sobre la tierra, el control obrero sobre la producción, la creación de un gobierno de consejos; esta causa ha sido asegurada. ¡Larga vida a los obreros, campesinos y soldados revolucionarios!». El Aurora formó parte de la propaganda del nuevo Estado Soviético. Vladimir Antónov fue purgado a pesar de su servicio leal al partido. Fue cónsul de la URSS en Barcelona, y de allí se fue en 1937 para ser juzgado. Su hijo se hizo historiador y creó el único museo sobre los campos soviéticos que se puede ver en Moscó. En ningún lugar más de la extensa Rusia se recuerda hoy lo que significó para millones de rusos vivir en su país el socialismo real. Los Gulags, a diferencia de los campos de exterminio nazi, fueron demolidos. Mucho sabemos del Holocausto judío cuya memoria es visible en muchos espacios del mundo y sin embargo de lo que fue el socialismo real en Rusia muy poco. En el mundo viven catorce millones de judíos y diez veces más de rusos. En España se ha avanzado mucho en el conocimiento de lo fue el nacional-catolicismo durante cuatro décadas, pero el acceso a algunos archivos en algunos casos no es fácil. Nos ayudaría a conocer la verdad histórica de nuestro pasado el tener a nuestra disposición archivos tan completos como el que acerca de la inquisición tenemos en Cuenca. ¿Qué mal hay en saber quiénes fueron cómplices, quienes los asesinos y el nombre de los muertos de uno y otro bando, conocer los sucesos previos que llevaron a ese desastre? Mientras la verdad no se sepa siempre existirá la duda, y la duda se hereda de padres a hijos, de abuelos a nietos, y así el odio no desaparece. Muchos aún no han superado los hechos que llevaron a sus familiares al exilio, la cárcel, o la cuneta, en uno y otro bando impuesto. ¿Por qué no un museo de la Guerra Civil, con armamento, aviones, tanques y mulos de cera cargados de munición y víveres? Yo tengo antepasados que formaron parte activa y pasiva. Alguno que señaló para asesinar, y alguno que disparó sin saber a quién ni por qué. Sé del paseíllo al agricultor prospero, y de quienes arrodillaron a un niño de siete años en el vidrio que descarnó sus rodillas para que dijera dónde estaba su padre, ese al que dieron el paseíllo sus paisanos. Historias cruentas, tan reales como la del cacique local de izquierdas que era amante de la mujer del anarquista que incendiaba iglesias. Créanme si les digo que estoy harto del Guernica, de las proyecciones del Reina Sofía en las que se ve asolar un pueblo mil veces televisado. En Guernica he meado junto a un árbol renovado y protegido por la Ertzaintza: mi memoria tiene de una meada un recuerdo histórico de hace más de treinta años.
   Antonio, como su padre Vladimir Antónov, sufrió en sus carnes los rigores del Gulag, creó en Moscú un museo, y recién ampliado recuerda el terror del Gulag soviético por el que pasaron millones de rusos entre 1930 y 1950. En el reino del terror de Stalin murieron unos veinte millones de personas. Ahora se exhibe allí un mapa con la ubicación de los campos que describió con detalle Alexander Solzhenitsyn en Archipiélago Gulag. El libro fue prohibido en su momento por las autoridades soviéticas. Tener un pensamiento crítico antes de que nos volvamos idiotas del todo es conveniente, y más ahora cuando parece hay quien está interesado en que nos volvamos a odiar.