TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


El placer de vivir nuestra aventura

21/04/2020

 Con honda inspiración amorosa, y otras hondas diferencias en la concepción de la vida política me separo hoy de las nuevas glosas, ya viejas mentiras, y me acerco a las viejas glosas, las que hacían caballero a quien lo merecía. En la lid caballeresca, la lucha entre bandos enfrentados no se riñe organizadamente, ni en parlamentos inicuos como hoy, se hacía como en la epopeya, ante el rey y su corte, no se extrapolaba a naciones enteras, sino que era estrictamente personal. La vida de vasallos como nosotros estaba rodeada de una poderosa familia que ahora se quiere destruir, con fieles e insurrectos a su señor. Los verdaderos caballeros no tenían intereses nacionales o nacionalistas, menos aún políticos, y mostraban un interés humano, aunque individual. Los viejos caballeros andantes deambulan solos en busca de lances, movidos por su sólo deseo y la aventura. De la venganza y el odio heredado trató la epopeya, y ellos, como en el Amadís, buscan hermosas venganzas, que animados por una práctica profesional, ejecutan como caballeros en nombre de la justicia. Y algo muy importante es que lo hacen sin sentirse influenciados. En el agravio que quieren castigar, quieren desagraviar; pretenden que su opuesto sea obligado a declarar su nombre oculto, su interés oculto, su mentira oculta. 
Mi esfuerzo no es heroico ni arbitrario, y menos aún sobrehumano, qué más quisiera yo que con mis solas fuerzas poder derrotar, flagelar, humillar, a esos caballeros del mal que todos conocemos, qué más que mis palabras fueran las lanzadas de caballeros justos, esas que atraviesan siempre los más fuertes arneses de la indignidad con que se revisten los que se han apoderado de la palabra negándola a su pueblo, esos que ponen mordaza a los que importunan su discurso discursivo y disyuntor. En la epopeya las gestas heroicas se desarrollan lentamente en medio de la vida social, es vivida por pueblos de gran densidad histórica, y el pueblo español la tiene, mientras las aventuras y hazañas fantásticas sobrevienen brusca y vertiginosamente, en medio de un paisaje solitario, en sombrías florestas, donde se pierden los gemidos del herido hasta que los oye el caballero justiciero. Yo, no lo niego, he soñado con arrojar a más de un indeseable a las fauces de hoces como la de Tragavivos y antes de despeñarlo decir al ajusticiado, ¡de los buitres serás comido!, acordándome de un viejo romance De los osos seas comido, / Como Favila el nombrado. Si al borde de la floresta aparecen las torres de un castillo, habitado por algún poderoso, por un gigante engreído, o un vanidoso encantador, de esos que atontan con su palabra demagoga, aparente seductor bondadoso que encubre un malandrín con malas intenciones, es nada más que para traer nuevas y enmarañadas aventuras (lo son el presente en que vivimos). Intentaría con mis palabras duras como golpes arrojar mi verdad desnuda para desnudar al señor del castillo, y mostrar sus vergüenzas. Si la corte de un rey me abriese la puerta, que fuese porque también en ella se espera al valeroso caballero andante que por sí solo vale más que todo el reino. El robledal de Corpes no es el cetro del héroe; es la afrenta perpetrada contra el héroe en la floresta y no se venga allí de súbito, como la exige el rigor caballeresco. Yo quisiera que la afrenta se ejecutara en las cortes de Madrid, que asistiera un Rey para castigar al villano que viola todas las normas de la decencia, el honor y la cortesía. Empero, no está tan lejos la fantasía caballeresca de la epopeya postrera, en esta época decadente en que vivimos, donde los vasallos pretenden anular al rey y a España entera.
España vivió una época de esplendor cuando se extendió por Europa; Ahora en los que se encumbran «triunfa la pereza sobre la diligencia, la ociosidad sobre trabajo, el vicio sin virtud, la arrogancia es su valentía». Orgullo de nación fue Esplandián (hijo de Amadís de Gaula), Lisuarte de Grecia, Palmerín de Inglaterra, y cien caballeros más, que venían de los más extraños y arcaicos reinos de la ficción a levantar el ánimo de aquellas generaciones. Démonos, aunque sea en la ficción, el placer de vivir nuestra aventura, gocémosla con brío triunfante y justiciero.