TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


El derbi del barro

Pues ya hay final en la Copa del partido único, lo que venían reclamando modernos, puretas y nuevos arrimados a las pasiones de los miércoles por la noche. Y la final es vasca, histórica y pintada a rayas: las azules de la Real, las rojas del Athletic.

Los más jóvenes del lugar tienen referencias históricas que se pintan en blanco y azulgrana, con pequeñas pinceladas valencianas, atléticas, deportivistas y para de contar. Los padres de los jóvenes, los que vivieron el fútbol sin chorradas, el juego sin privilegios por quiniela y televisión, el deporte sin sorteos dirigidos, derechos de pernada según tu condición europea o terrenal, exenciones por ser más guapo que los demás, ley Bosman, ley Tebas, ley Beckham, Zidanes y Pavones, ADN Barça, sultanes y emires y oligarcas y príncipes con turbante comprando equipos… Digo: los padres de los jóvenes recuerdan los derbis del barro, donde irte a jugar a la cornisa cantábrica era un puto suplicio (de Vigo a Atocha, del Sardinero al Sadar, del Molinón a San Mamés) en aquellos años ochenta en los que los jugadores vestían del uno al once y el lateral derecho era el dos, los centrales tenían pelos como brocas del ocho en las piernas y uno de cada tres jugadores tenía bigote.

Los duelos entre Athletic y Real Sociedad eran choques de bestias pardas, con un esteta (López Ufarte o Dani, por ejemplo) por cada diez energúmenos, palabra buscada con la mayor de las admiraciones y el respeto del niño que admiraba a las bestias, capaces de arrasar poblados vikingos a balonazos. Hoy son más guapos. No tienen bigote. Se depilan. Ya no hay barro. Pero son herederos directos de aquellos maravillosos bárbaros del Norte, tipos que llevaban un kilo de barro en cada bota (y medio en la frente) y dignificaron el fútbol desde el corazón. La final copera es suya.



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