ÁNGULOS INVERTIDOS

Jesús Fuentes


Incendio

El viernes, 28 de junio, de 2019, un incendio destruía en pocas horas un tesoro vegetal (1.600 hectáreas, demasiadas)  que la naturaleza había construido con paciencia e instinto de protección durante siglos en un paraje de Toledo, Montesión. Una pérdida, que se quiere pasar de tapadillo. Más lejos, en un mes de julio de 1467, un fuego vengativo destruyó parte de la ciudad. Comenzó próximo a los muros de la Catedral, se extendió por el palacio arzobispal,  la Trinidad,  Cuatro Calles, llegando hasta la plaza de la Magdalena. De aquel incendio que afectó, al menos, a cuatro mil personas, queda, como testigo, el Corral de D. Diego. Un lugar desorientado y estupefacto porque aún, siglos después, no se sabe qué hacer con el lugar ni con el único resto arquitectónico de gran valor cultural que permanece cerrado.

Las ciudades medievales  no eran territorios pacíficos, ni lugares seguros, ni se podía pasear por sus calles infestadas. El pasado siempre ha sido más peligroso que el presente. Se repetían rencillas endémicas, venganzas  vecinales o entre barrios. O, como en Toledo, los combates surgían entre “collaciones” de conversos  y cristianos viejos. Precisamente los conflictos de julio y agosto de aquel año convulso fue por razones económicas, como  todos. Se dilucidaba sí los gestores de ciertas  rentas  podían  ser conversos o era oficio para cristianos lindos. Y como los agravios se acumulaban desde siglos y se trasmitían por familias, cualquier roce podía provocar un fuego como el que se produjo el 21 de julio. La cofradía de los conversos quiso asaltar la Catedral y prendió  los alrededores de la puerta de la Olla, hoy del Reloj. Cuando los encerrados en la Catedral, cristianos viejos, lograron salir el terror se expandió con la misma potencia destructora que el fuego. Aquellos días de persecuciones, resplandores de fuego y escombros permanecerían vivos durante años.

El final del conflicto llegó en el mes de agosto. Y terminó con algunos conversos colgados, ya muertos, en la plaza de Zocodover, donde eran acuchillados, arañados, escupidos, descuartizados. También se produjo una invitación a aquellos que quisieran salir de la ciudad lo  hicieran con sus familias y sus bienes sin temor a  agresiones. En la nueva oleada migratoria se incluyó  Alí ben Ziyad al Quti. Su historia se puede conocer en los pasillos de la Biblioteca Regional. También pueden admirar su pasión por los libros en la exposición de manuscritos que lucen, con matices de ensueño, en la sala Borbón-Lorenzana.


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