El paraíso incierto de Villafranca

J.M.
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El paraje protegido de Las Lagunas de Villafranca de los Caballeros acusa la peor sequía con una lámina mínima de agua. Los vecinos y los hosteleros históricos evidencian la preocupación por los daños económicos y medioambientales

Dos barcas en medio del secarral de la Laguna Grande; al fondo, la lámina de agua que hace recordar el aspecto normal de este humedal manchego. - Foto: Víctor Ballesteros

José Luis Pérez-Cejuela y José Luis Alcolado comparten nombre y vivencias. A los dos les crecieron los dientes junto a la Laguna Grande de Villafranca de los Caballeros y siguen pegados a esta Reserva Natural al frente de sus restaurantes, frutos de sendos negocios heredados de sus padres. Ambos colaboraron en el estallido de este paraje como lugar de recreo en medio de la Mancha, en la provincia de Toledo y a un paso de la de Ciudad Real. Ambos miran con cierta desolación la enorme superficie de tierra con una exigua lámina de agua que domina ahora en uno de los humedales más importantes de Toledo. Como en un ecosistema, la sequía aleja a las aves y a los visitantes.
El primero regenta el restaurante ‘Jorja’, llamado así por el nombre de su madre, quien llevaba un kiosco y más adelante un restaurante ligados a la laguna desde 1955. La familia Pérez-Cejuela acumula 65 años abasteciendo a los bañistas que acuden al reclamo de la Laguna Grande. José Luis abre todos los días del año tras ganarse un nombre con los menús del día. «Mantenemos la clientela con los pueblos de alrededor», asevera por la afluencia de vecinos de Villafranca, Quero o Camuñas que llenarán horas después el comedor. Sin embargo, el humedal renquea desde hace unos cuatro años y ha debilitado el principal atractivo del paraje, cuya tercera parte está reservada para el baño y el resto solo para la biodiversidad.
«Es un paraíso desde hace cientos de años, pero ahora la vemos afectada por su bajo nivel debido a la escasez de lluvias o a que los ríos no están lo suficientemente limpios», reflexiona José Luis, quien además forma parte del equipo de voluntarios que ha cuidado de la conservación de la laguna. «Se ha perdido buena parte de biodiversidad, lamentablemente. Es lo que más nos duele. Antes, llegada la época de cría en mayo, daba gusto ver al somormujo o al pato colorado. O a la garza imperial criando entre las espadañas o los carrizos. Y a una diversidad de passeriformes, como pechiazules, escribanos palustres o bigotudos», explica José Luis con un conocimiento preciso del paraje, cuya Laguna Chica, también seca, constituye el verdadero reservorio de fauna.
Elías señala el paraje desolador por la sequía.Elías señala el paraje desolador por la sequía. - Foto: Víctor BallesterosDesde el verano pasado, el paraje resulta desolador. Solo en septiembre, ganó una lámina de agua pero fue suficiente para que los ejemplares repusieran fuerzas para continuar el viaje hacia África. «Esto realza la importancia de mantener esta zona llena de agua, o al menos, con un nivel que permita a esas aves vivir, criar y alimentarse cuando van de paso migratorio», asevera.
La coyuntura de una sequía similar se remontaba al año 1995, pero devino en anécdota porque al año siguiente se desbordó el río Gigüela y sobrecrecieron la Laguna Grande y la Laguna Chica, la gemela de este paraje y ubicada más cerca aún del afluente del Guadiana. De tal manera que la desolación que amenaza a esta Reserva Natural resulta inédita. «Ver de junio a septiembre que estaban secas es penoso, lamentable, nos duele en el alma verlas así. Y, por supuesto, la falta de afluencia de público en los locales de hostelería», comenta.
De repente, José Luis corrige el tono y saca pecho de la valía de las lagunas de Villafranca. «Pueden seguir viniendo para disfrutar de unas exquisitas viandas. Hay casas rurales, hay albergues, hay balnearios», enumera antes de proseguir con los piropos a una parte fundamental de su vida. «Aunque con una pequeña lámina, mantiene una serie de passeriformes dignos de visitar para los aficionados a la ornitología. Y hay una zona de paseo y de bici que es muy relajante. Hay otras alternativas. Hay que adaptarse. No hay que estar quejándose constantemente. Son humedales, y los humedales fluctúan en función de la climatología», resume.
Instalación de recreo en el complejo de las lagunas de Villafranca.Instalación de recreo en el complejo de las lagunas de Villafranca. - Foto: Víctor BallesterosLos voluntarios se esfuerzan por la conservación del lugar a la espera de las lluvias que engorden el Gigüela y hagan que la compuerta que alimenta a las lagunas libere litros para lustrar de nuevo el paraje. La Junta de Comunidades promociona desfasada el Complejo Lagunar de Villafranca de los Caballeros con todas las tentaciones: «La Laguna Grande es el lugar perfecto para darse un baño y disfrutar de sus aguas medicinales. La Laguna Chica y la de la Sal son un perfecto observatorio de su riqueza natural», presume el área de Turismo, que se recrea con la «convivencia entre hábitat terrestre y acuático, con aves surcando los cielos y animales esteparios habitando su suelo. Lo habitan aves acuáticas, rapaces y esteparias amenazadas, así como el pato colorado, el porrón moñudo o el ánade real. Las praderas subacuáticas de plantas del tipo ranúncula parecen flotantes praderas».
El tono del otro José Luis se escucha más apagado. Más desesperanzado. «Como no se arregle en un par de años, esto se va a ir a la mierda», afirma junto al restaurante Las Banderas y prevé además la desaparición en primavera del «charco de agua» que se desparrama ahora por la laguna.
Este propietario, además de un albergue juvenil y un hostal en el mismo inmueble, encarrila enseguida recuerdos del descomunal ejetreo de visitantes de hace unos años. Desde hacía más de medio siglo, los vecinos de toda la comarca se apeaban en este rincón a dos kilómetros de Villafranca de los Caballeros como lenitivo contra el calor. «Nacimos aquí», abrevia sobre los 60 años de su familia aposentada en torno a la laguna.
«Le correspondería agua por derechos históricos. Dicen que no llueve. Pero si quisieran hacer algo, lo harían, está claro», dice José Luis, quien quiere encontrar razones más allá de los caprichos del tiempo. El mantenimiento del negocio conlleva unos gastos fijos porque abre en invierno los fines de semana y de junio a septiembre todos los días. Por eso, la devaluación del lugar con la sequía lo retrae ahora de inyectar más dinero.
En ese momento tercia Elías, integrante de la asociación de vecinos de las lagunas, quien comprende que haya otros usos como el agrícola que se beneficien del río Gigüela, pero sí que apostilla que se podía limitar el consumo. «La Confederación del Guadiana te dice lo que hay», afirma resignado. «Hacer un trasvase a la laguna está complicado porque el único acceso es el río. Como no nos metan el agua por el río y reduzcan una serie de pozos. Que reduzcan el agua a los regantes y que continúe el río y corra. Yo lo veo un poco negro, muy negro», añade.
Los vecinos. Alrededor del paraje se alinean unas 200 viviendas construidas por el atractivo de este humedal. Familias madrileñas encontraron en el entorno una manera de escapar de la gran ciudad y otras vinculadas a los pueblos limítrofes planearon también unas parcelas idóneas para el descanso. Elías observa a diario la evolución de visitantes a las lagunas y confirma que el público sigue acudiendo los fines de semana al paraje.
Él aterrizó hace 40 años por la querencia de la familia de su esposa a las lagunas. «Ha pasado de padres a hijos», insiste. Pero el eslabón se debilita y empiezan a quedar chalés abandonados, la mitad según sus cálculos. Y rezonga a continuación: «No merece la pena como urbanización ni como laguna en sí. Como estamos así, pues se va todo abajo».
La fauna ha comenzado a eludir esta Reserva Natural por la desaparición del agua, según Elías, y abunda en la necesidad de que reaparezca una lámina que atraiga de nuevo a las aves, pero el caudal del Gigüela se disuelve kilómetros arriba, a la altura de Quero.
La sensibilidad con las lagunas quedó patente el pasado día 9 cuando un millar de vecinos fabricaron una cadena simbólica para evidenciar el cariz de la sequía. Entre los políticos, figuró el alcalde de Villafranca de los Caballeros, Julián Bolaños, quien ejemplifica el vínculo sentimental del pueblo con el lugar. «Estamos dispuestos a llegar a donde haga falta con el apoyo de las administraciones. Queremos una solución», testimonia como una vindicación de los humedales manchegos.
Carlos Ferrándiz, vecino también de la laguna, incide en que el futuro de la Reserva Natural está encadenado al de Villafranca, que ha perdido el 10 por ciento de los empadronados en una década. «Lo primero es que la laguna se salve. Por el bien del medio ambiente y por el bien del pueblo», suspira.