LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


Otro marzo dramático

Los primeros días de la pandemia han coincidido en fechas del recuerdo con el terremoto que sacudió España con la bomba de Atocha. La sensación de caminar por Madrid y Ciudad Real desde el 11 al 13 de marzo, día en que nos confinaron, era muy similar a la que se experimentaba en 2004: más silencio, gente que va desapareciendo de la calle cada hora como en ‘El Sexto Sentido’, niños en casa y preocupación en las caras. Hay entonces y hoy dos efectos: el inmediato y el consiguiente.
El primero lo sufren las víctimas del coronavirus y sus familias, que podemos ser nosotros. En esta crisis las bombas no han estallado aún todas, por lo cual usted y yo podemos estar afectados hoy o el mes próximo. El período de duelo, previo a hablar de recuperación, por ello, no tiene visos de empezar. Como segundas víctimas también estamos ya todos, especialmente los que tenemos que atender trabajo, niños, casa, dependientes u obligación de auxiliar a las víctimas. Comparado con el trauma de Atocha, esto es una bomba de racimo que deja también minas en las semanas inmediatas Hasta aquí el daño inmediato, que eso sí, continuará hasta el verano. El daño consiguiente fue en 2004 un país enfrentado y partido por dos, que desconfiaba de los líderes políticos adversarios, y que generó un enfrentamiento hasta al menos 2008, momento de la crisis internacional de mercados. Entre 2004-2008 dos grandes grupos de comunicación utilizaron a los partidos políticos a su antojo, como títeres, para mantener la crispación social. En esa operación estuvieron reconocidos periodistas a los que hoy agasajamos en la derecha, la izquierda y el centro; y políticos obedientes, algunos de los cuales aún están entre nosotros.
El daño consiguiente de este coronavirus apunta a ser más que político, de naturaleza económica y social: en un país con la economía herida de muerte y un mercado de trabajo estrambótico que penaliza al que crea empleo, la necesidad de poner todos los recursos públicos para atender la Sanidad y los suministros vitales, nos va a generar una cuenta que no van a pagar otros.
Ahora es el momento de huir de las miserias humanas y aprender de la lección de 2004: la salida es el esfuerzo común y solidario de trabajar por una sociedad distinta, que deje permanentemente de engañarse por sus dirigentes, que renuncie a premiar por sistema a aquellos que les mienten estructuralmente y les dan siempre falsas esperanzas (en definitiva, que premia siempre al que dice lo que los oídos desean escuchar). El poder popular, el empoderamiento, nace de asumir la responsabilidad, de creerse lo que somos, los líderes últimos, los jefes, con lo que ello conlleva: salir del bar, renunciar a comodidades adquiridas, dejar de mirarse el ombligo (y lo que hay un poco más abajo), y reconocer que la cosa está muy mal. Como vengo diciendo desde 2004, el día que votemos a la persona que diga que vienen años duros y que nos vamos a ver en aprietos, ese día seremos un país adulto.



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