A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


Las elecciones no alteran el rito de la naturaleza

Ayer estuve en un pequeño pueblo de la Mancha conquense para comprobar algunas cosas de su contenido urbano y patrimonial. Las calles estaban vacías; apenas si pude pegar la hebra con un par de personas, en busca de la orientación precisa para encontrar lo que quería ver. El silencio imperante apenas si se quebraba por el ruido monótono de una máquina trabajando en la entrada del Ayuntamiento, para hacerlo accesible, me pareció entender, y por el sistemático repiqueteo del reloj de la iglesia dando las horas. Ni una pancarta, ni un altavoz, ni un candidato plantado en la esquina de la plaza ofreciendo la fórmula mágica para mejorar la vida de sus vecinos y evitar la despoblación que avanza imparable. En ese rincón, nada, al menos en apariencia, venía a alterar la tranquilidad de la vida cotidiana ni se apreciaba en parte alguna la existencia de ninguna preocupación, grande o pequeña y menos aún se podía percibir la conciencia colectiva de que algo importante para el lugar podría ocurrir en los próximos días. La autovía pasa a escasos metros pero eso no parece haber alterado las costumbres.
Hay cierta tendencia en algunos autores a calificar como «hecho histórico» cualquier cosa que sucede en determinado momento; lo dicen, incluso, antes de que la cosa en cuestión haya tenido lugar, ejerciendo de oráculos proféticos dotados de la conveniente dosis de adivinación para aventurar que el presente en el que estamos inmersos puede alcanzar, tal como prevén, esa dosis de importancia que permitirá incluirlo en el libro de la historia. La experiencia nos demuestra que una inmensa mayoría de esos sucesos en apariencia trascendentes quedarán difuminados por la realidad de los acontecimientos, tan pronto aparezcan otros con fuerza mayor que hagan olvidar a los otros sin piedad alguna hacia su presunta importancia.
Vivimos días históricos, nos dicen, estos en que nos encontramos con esta sucesión de campañas electorales, abrumadoras, cansinas, necesarias quizá de las que, cabría esperar, saldrá un tiempo de sosegada calma. Naturalmente, esto que acabo de escribir es solo un deseo bienintencionado: nada hay en el futuro inmediato (y ahora soy yo el que hace de oráculo) que nos permita creer en semejante bondad. El nivel de crispación existente, la fórmula habitual de descalificar al otro, empleada de modo generalizado, la palabrería constante que surge de ocurrencias impulsivas y raramente de meditaciones razonadas, no ayuda a contemplar el horizonte futuro con el ánimo optimista que sería deseable. Y me temo que lo que pase mañana, con la última apelación (por ahora) a las urnas, no va a traer el remedio conveniente.
Y sin embargo, el mundo, este planeta desconcertante, convulso, contradictorio, sigue dando vueltas de acuerdo a las leyes de la rotación y traslación, tal como fueron establecidas en su origen, sin que las amenazadoras catástrofes que de vez en cuando escenifica alguna película o serie televisiva hayan encontrado nunca confirmación ni es previsible que tal cosa pueda suceder. Se suceden las estaciones y los ciclos naturales con la misma fijeza, aunque con puntualidad algo alterada, eso es cierto, y con algunas intemperancias climáticas (un frío espantoso sucede en pocas horas a una época de bonanza, incluso de calor), quizá para confirmar con los hechos que el amenazante cambio climático es una realidad que se deja sentir ya. El cereal despunta en los campos, los árboles de hojas caducas han recuperado ya toda su vigencia, en los armarios se preparan los bañadores porque la hora de la playa y las piscinas se acerca. Todo sigue igual, cumpliendo el rito establecido. En los pueblos pequeños lo saben.