TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Cazorla

Luis Aragonés era de mirar a los ojos de los futbolistas para conocerlos. «Ya sé a qué juegan. Me gusta saber cómo lo hacen», decía el viejo maestro en su día, hablando de sus peculiares métodos de entrenamiento y motivación. En verano de 2008, en la antevíspera de dar una lista decisiva en la historia de la selección, Aragonés se cargó a varias vacas sagradas y dio entrada a savia nueva; uno de ellos, decisivo durante aquella Eurocopa, ni siquiera había debutado con la selección absoluta: Santi Cazorla. No había más que mirarle a los ojos para saber que el chaval de Llanera (Asturias, 13 de diciembre de 1984) era especial. Era el momento de los pequeños. Recordamos a Xavi (1,70) y a Iniesta (1,71) porque lo ganaron todo con el Barcelona, incluso a Silva (1,73) porque su carrera fue más longeva… Pero el más pequeño de todos (1,65) era ese chico que se hizo en Oviedo y en Villarreal, de donde ha salido y regresado tantas veces.

El pasado martes, en un partido glorioso de fútbol, Cazorla ofreció un pequeño simposio de pausa y ejecución ante el Barça. A él no le tocaba defender -los pequeños se defienden con el balón, sí, pero enfrente estaba el sempiterno dueño de la pelota-, sino sujetar la pelota, contemporizar, y después proyectarla hacia un lugar donde no sucedía nada pero enseguida iba a aparecer un compañero a la carrera. En cada intervención buena del asturiano, el buen aficionado al fútbol sonreía: «El médico me dijo que si volvía a caminar por el jardín con mi hijo, me diera por satisfecho», dijo a finales de 2017 el hombre de las ocho operaciones, bacterias en quirófano, hueso infectado, injerto de piel porque el tobillo no cicatrizaba, riesgo de amputación por un grave problema en el tendón de Aquiles… El pequeño genio de la eterna sonrisa, haciendo toda la magia que puede y sabe para sacar al Villarreal del pozo, su penúltima misión.