TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


¡Rueda!

16/05/2020

Hace una semana mal contada comenzó (se reanudó, para qué andar con rodeos) la Liga K en Corea del Sur. Me asomé a un partido de estrangis, a través de una plataforma de streaming que lo publicitaba con un llamativo banner: «En directo», el equivalente a los neones de carretera. Dos equipos de los que no había oído hablar en mi vida jugando a algo que parecía fútbol. Y digo «parecía» porque la calidad del partido no acompañaba, el árbitro se negaba a darle la mano a un futbolista caído en el suelo y los jugadores rehuían del contacto como si el rival fuese portador asintomático de, yo qué sé, algún virus nuevo que atormentase al planeta.

Pero, ¡ah!, el balón se movía. Y esa cosa redondita, perfecta, ágil, seguía moviéndose con la misma agilidad que todos recordamos. Torpe si la pateaba un torpe, hermosa si la pateaba un virtuoso. Podríamos decir que el aficionado más cabal se ha acostumbrado a la ausencia de fútbol, claro, pero en cuanto ve una pelota rodando sobre un césped se le disparan las endorfinas y las serotoninas, esos químicos naturales que hacen que seamos felices… Y recuerda aquella época no tan lejana en la que era capaz de perder 90 minutos de su vida asomado a cualquier cosa.

Y este fin de semana no arranca «cualquier cosa», sino toda una Bundesliga. Una de las cinco grandes, la primera tras el obligado parón, el reestreno del fútbol de elites después de dos meses de ayuno. Y el Dortmund-Schalke, un encuentro que habría pasado de puntillas por nuestras vidas con todo el fútbol a pleno rendimiento, de repente se convierte en algo parecido a un canto a la esperanza. Un derbi histórico sin gente en las gradas (la nueva normalidad va a ser muy aséptica y aburrida al mismo ) pero un balón, al fin, dando vueltas.