LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


El hombre y la leyenda

Noche de invierno, fría, cerrada. El ulular de un viejo búho es interrumpido brúscamente por los poderosos aullidos del macho alfa que, desde la lejanía, avisa a la manada que ha llegado el momento de cazar.
Todo sucede en pocos minutos. Como si se tratase de un baile sincronizado, cada ejemplar sabe perfectamente cuál es su misión. Mientras los más jóvenes provocan la estampida del rebaño, los adultos fijan a sus presas y las persiguen hasta llevarlas a un callejón sin salida, donde varios miembros de la familia esperan agazapados para lanzar su mortífero ataque. El lobo vuelve a dejar su huella y las primeras luces del alba descubren un panorama desolador: ocho ovejas muertas y otras tres malheridas.
Las pérdidas comienzan a ser demasiado cuantiosas. En menos de un mes, se han contabilizado más de una docena de ataques en las poblaciones cercanas a Poza de la Sal. La indignación y la rabia se apodera de los ganaderos que coinciden en que la solución pasa por organizar una batida, que cuente con los mejores cazadores de la zona, para acabar con el mayor número de lobos posible.
A la mañana siguiente, un nutrido grupo de hombres, guiados por una jauría de perros que ladran sin cesar, se dirige hacia el páramo. Entre ellos, se encuentra un niño llamado Félix que, con sus prismáticos nuevos colgados del cuello,  acompaña a uno de los tiradores más experimentados. La táctica es sencilla. La mayoría, que irá colocando algún que otro cepo por el camino, tratará de desplazar a la manada hasta los distintos lugares en los que, escopeta en mano, el resto aguarda apostado.
Tras una tensa espera, de repente, algo se mueve entre los matorrales. Una mancha gris aparece en el horizonte. El joven coge sus anteojos y ve con claridad al animal, inmóvil, con la mirada fija hacia su dirección. El pulso se le acelera y Félix permanece obnubilado ante ese ejemplar imponente que poco tiene que ver con la bestia que causa tanto temor, de la que ha escuchado infinidad de historias y que dirime una batalla ancestral con el hombre. El cazador se mueve ligeramente, busca el mejor ángulo para abatir a su pieza, pero, en el justo momento en el que va a apretar el gatillo, el niño sale corriendo al encuentro del lobo, haciendo aspavientos y gritando al animal para que huya de una muerte segura.
Ese pequeño, que salvó la vida del lobo y de cuyo trágico fallecimiento en Alaska se cumplirán 40 años la próxima semana, se erigió con el paso del tiempo en uno de los mayores referentes de la defensa del universo animal y la conservación del planeta. Félix Rodríguez de la Fuente cambió la forma de comunicar, con su peculiar y cautivadora voz, marcando a generaciones enteras, primero a través de las ondas y posteriormente en televisión, con su mítico programa El hombre y la Tierra, cuya  sintonía, dinámica y pegadiza, que de menos a más engrandecía un amanecer en blanco y negro, se transformó en la banda sonora vital de muchas familias españolas. Jamás antes se habían visto documentales tan didácticos, descubriendo los detalles más íntimos y las características menos conocidas de la vida de los animales que habitan en los campos y montes de la Península Ibérica. 
El hombre, que logró preservar especies condenadas a la extinción como el lince ibérico, el oso pardo o el águila real y que acabó convertido en leyenda cambiando para siempre la mentalidad de la sociedad, fue un adelantado a su tiempo. En 1972, el naturalista, en una de sus frecuentes apariciones en la pequeña pantalla, pronosticó que el mayor problema al que tendría que enfrentarse la humanidad sería el de la basura. Desechos en forma de bolsas de plástico y de envases sin retorno que se transformarán en veneno disuelto en el organismo de aquellos seres vivos que forman parte de la cadena alimentaria. Su vaticinio es hoy una realidad y los microplásticos, que ya se han hallado en el 90% de la sal de mesa o en el intestino humano, son un enorme problema para la salud y la subsistencia del planeta.
Félix tiene 11 años y pasa todo el curso internado en Vitoria. De su encierro y de mirar absorto horas y horas por la ventana, observando el vuelo de los pájaros, brota un deseo: ser tan libre como las aves. Al llegar las vacaciones, se desplaza de nuevo a su pueblo, donde un día, observando un grupo de patos, contempla el ataque de un halcón peregrino a uno de los ánades; un ave de presa que le generaría una fascinación que le empuja a estudiar un arte, el de la cetrería, casi en desuso, y le acaba por convertir en la figura más influyente del conservacionismo de la Historia de España. Su legado, ese que señala al hombre como el tumor maligno que envenena las aguas, asfixia la atmósfera, tala los últimos bosques y se mata a sí mismo con productos químicos para aniquilar las plagas que ponen en peligro sus cosechas, permanece hoy más vivo que nunca.