LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


En el punto de mira

La niebla no termina de levantar. La mañana es fría y húmeda, de esas que dejan las manos entumecidas y restos de barro en los zapatos. Casi es mediodía y hoy no ha habido suerte. Algún que otro conejo despistado y varias perdices que han conseguido esquivar los disparos. La pareja de amigos vuelve con las manos vacías, no han logrado abatir ni una mísera pieza, nada que echarse al morral.
Por el camino, de regreso al pueblo, van haciendo gracietas, pegando algún que otro tiro, hasta que, de repente, algo se mueve en una linde que separa una carretera de una tierra de labranza. No se distingue muy bien qué es. «Graba, graba», indica el más corpulento a su compañero. Despacio, el cazador se acerca hasta la zona de hierba alta y matorral. El animal permanece inmóvil, agazapado, intentando pasar desapercibido. El hombre se agacha, intenta cogerle con la mano, pero el zorro lo siente y emprende una huida desesperada mientras es apuntado con la escopeta. 
«Déjalo, déjalo», sugiere el que empuña el móvil y capta la escena, pero su colega hace caso omiso y persigue al pobre animal, que avanza cojeando de una de las patas traseras, hasta que logra agarrarlo de la cola y, emitiendo un sonido gutural más propio de una bestia que de un ser humano, lo lanza por los aires con una violencia extrema para acabar cayendo en la tierra. 
El zorro, desorientado, intenta escapar por campo abierto. No hay salida. El cazador corre hasta él, insultándole y golpeándole con la escopeta en la cabeza. «¡Para, mongolo!», insiste su amigo, pero, en otro arrebato de saña, vuelve a cogerlo y lo tira de nuevo hacia la nada. Esta vez el animal se queda quieto, aturdido, y el cazador decide pisar su cráneo una y otra vez. «¿Has traído la navaja?»,  pregunta al improvisado cámara. «¿Para degollarlo?», inquiere un tanto asustado. «No, para cortarle la cola y quedármela», concreta el maltratador mientras da rienda suelta a su sadismo. 
El raposo agoniza, pero el cazador ni siquiera se apiada de él y le niega un tiro de gracia para dejarlo moribundo en mitad de la parcela. Crueldad extrema.
Este deleznable hecho, acaecido en diciembre en Huesca y denunciado por el Partido Animalista Contra el Maltrato Animal (PACMA) con la emisión del vídeo por las redes sociales, provocó consternación y un fuerte sentimiento de rechazo hacia los cazadores, avivando la polémica, pese a que también ellos condenaron enérgicamente los hechos y dejaron claro que el personaje nada tenía que ver con su colectivo. 
Dos meses después, a finales de febrero, el Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León suspendía de forma cautelar el decreto del reglamento de caza, al considerar que no cuenta con informes suficientes -grave error de la administración regional- sobre las especies cinegéticas; una reclamación de las agrupaciones animalistas que no tardaron en tildar la decisión de «victoria», advirtiendo que el dictamen no era más que la punta del iceberg para prohibir la actividad en toda España, y esgrimiendo argumentos enfocados a recuperar los campos, preservar las especies y acabar con el sufrimiento animal, poniendo en solfa las muertes y el abandono de galgos o el deplorable caso registrado en Aragón.
La caza y la pesca son inherentes al ser humano. El hombre, desde sus orígenes, basó su supervivencia en estas actividades, como queda patente en el Paleolítico, con las pinturas rupestres de Altamira, donde se puede apreciar desde la representación de bisontes a un grupo con arcos que intenta abatir a varios ciervos. Estos recolectores se convirtieron con el paso del tiempo en agricultores y, en vez de cazar, estabularon a los animales para acabar transformándose también en ganaderos.
Los tiempos cambian y el hombre evoluciona, pero lo que antes era vital para subsistir, ahora también sigue siéndolo. La caza supone en España un impacto económico de  6.500 millones de euros y cerca de 190.000 puestos de trabajo. Son muchos los pueblos que viven gracias a la actividad cinegética y que se verían condenados a la desaparición si se prohíbe. 
A pesar de que el Seprona identifica y detiene al salvaje que torturó hasta la muerte al indefenso zorro, el juzgado de primera instancia de Huesca archiva la causa al no ver maltrato en este caso por no tratarse de un ejemplar doméstico. Una controvertida decisión que da más munición a los animalistas. 
La caza, como defendía Miguel Delibes, es un placer de ida y vuelta, que, si quiere perdurar, debería desterrar actitudes deplorables que manchan la imagen de un colectivo que hoy está en el punto de mira.