LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Tiempos coronavíricos

El coronavirus ha entrado en nuestras vidas como una bofetada sin guantes, como un hostión a destiempo, como una puerta mal cerrada. Ha pasado, no ha pedido permiso y se nos ha quedado cara de tontos, imbéciles, mirando el dedo que señala el cielo. En pleno siglo XXI, la era de las comunicaciones y la globalización, la posverdad y la protomentira, se ha hecho realidad empírica y etérea un virus que no se ve, no se atisba, no se sabe dónde está, pero que nos va a dejar a todos recluidos en casa. Quién lo iba a decir, qué nos quedará por ver, qué cosa será la siguiente. El 1348 ha vuelto de golpe a la realidad, el año de la peste que recorrió y extinguió Europa. Tenemos miedo del contagio, de los sanitarios, del vecino, del compañero. Miramos con el rabillo del ojo y compramos en el súper. Los gitanos de Federico, que son los más sabios, en vez de gritar a la luna, claman y chillan con bolsas de plástico en la cabeza. Como dice una vieja de Valdemoro, hermoso mío, si con ochenta años, de algo habrá que morirse.
Se ha metido un virus en las redes, en nuestras vidas, enredado en los sofás, esos mismos desde los que pontificamos de todo sin tener ni puta idea de nada. Ahora sí tenemos idea, a la fuerza ahorcan. No puedo saludar, dar la mano, abrazar o tocar. Del resto ni hablamos. La Humanidad se para y el bichito corre y se levanta. Los chinos han cerrado y se han ido de vacaciones y ahora nos dejan la pella y el que venga detrás, que talle o arree. El turismo se lleva las manos a la cabeza y pregunta esto quién lo paga. El presidente del Gobierno se encoge de hombros y ya sabe lo que es el peso de la púrpura. La otra noche salió a hablar y estuvo media hora sin decir nada.
Acabaremos todos confinados como los italianos, pero no pasa nada. Si se me acaban los alimentos, haremos dieta. O nos mata el coronavirus o el ansia que todo devora. Los valencianos lloran y los cofrades miramos al cielo, no por la lluvia, sino para encogernos de hombros. Somos los más disciplinados del mundo y si no hay Semana Santa, pondremos marchas en casa y haremos la revirá en el cuarto de baño. Los memes corren como la pólvora y ya hay quienes dicen que se cumplió la profecía del faraón sacado de la cripta o que con sólo dos meses de Podemos ya están vacías las tiendas, como en Venezuela. Las plagas bíblicas se han desatado y no hay quien sepa ni distinga. Los virus no entienden de naciones y se ríen en nuestra jeta.
En las últimas horas he tenido dos experiencias. Una, que me ha hundido en la miseria hasta obsesionarme. La entrada en Facebook de un matemático que ha calculado con la frialdad del ábaco la velocidad de propagación del virus, las probabilidades de contagio y la mortandad. Devastador como una guerra civil, dice. La otra, mucho más reconfortante, la de un amigo mío de pueblo, de toda la vida, que dice que todos pasaremos el virus y no pasará nada. Unos lo contarán y otros, los menos, la palmarán. Como toda la vida, igual que siempre. Nadie pone puertas al campo, hay que hacerse el fuerte. Otro amigo de Pozuelo, Domingo, dice en redes que él ha cogido todos los virus y sigue vivo. El virus forma parte de la vida como de la luz, la sombra. La oscuridad emerge en este maldito milenio confinado. Prefiero primaveras en el cristal y vida a raudales. Si tenemos que morir mañana, que nada quede pendiente y todo quede resuelto. Siguiendo a las autoridades sanitarias, claro.