TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


El botellón no os hará libres

Se tiende hacia el botellón. Se extiende el botellón. Los del botellón están desparramados. Se hace botellón porque la juventud no tiene dinero para ir a los bares. El botellón es un derecho. Cada uno se emborracha cómo y dónde quiere. Todas estas afirmaciones tendenciosas por mi parte son un reflejo minúsculo de que las libertades no están amenazadas. Como nadie coartó mí albedrio a la hora de emborracharme libremente en mi adolescencia, pero a mí y a otros no nos quedó otra que compaginar las juergas con estudios y otros curros disponibles para financiar el cubateo y otras cosas: ¡Bendito sufrimiento! 
   Sentirse marginado, hoy como ayer, para algunos jóvenes y no tan jóvenes es no disponer de una pandilla en las fiestas locales o en otras fiestuquis;  no tener una cuadrilla con la que beber y otros liberticídios; no tener un carro con el chunda chunda de un supermega bafle junto a una cuneta en la que mezclar bebidas espiritosas. Aunque me dicen que el asunto no consiste en muchos casos solamente en las intoxicaciones etílicas, sino en otras substancias altamente peligrosas de las que se desconocen las consecuencias que tendrán a posteriori en quien las consuma. Sin ir más lejos, me enteré por un joven este verano que un amigo suyo se había tirado de un tercero con veinte años y, aunque no se mató, será minusválido de por vida. Una recua así yo me atrevo a decir que esta domesticada, que servirá sí o sí dócilmente a algo que en los tiempos futuros tendrá más demanda: gente que no piense demasiado y que siga necesitando mientras el cuerpo aguante una dosis de botellón, aunque solo sea en vacaciones y fiestas de guardar. Sin olvidarnos de la subvención familiar y su manutención. Y cuando las masas tras una alocada juventud están convenientemente estupefacientizadas dejan de ser un problema para los poderosos, ya que a partir de este momento les suministraran placebos que contribuirán a su aborregamiento aún más. El que se tiró quizá recupero libertad pero perdió mucho. Les darán memes y consignas que harán que no necesiten pensar, para que voten contra ¡los opresores!; ideales en chips de coltán para encauzar su rebeldía; una asociación pro o anti, un nuevo Valle de los Caídos, un poco de abuso o unos caciques a quien criticar. Le darán testosterona en un gimnasio y otros ofertones desde el establishment. Desasistidos del hecho religioso les darán procesiones y hermandades de ¡santas cenas! Les dirán que es mentira nuestra verdadera historia y que siempre ha sido manipulada por los vencedores, y sin entrar en más polémicas creerán que ya todo lo saben. Inútil será razonar, como siempre, con los tontos o medio tontos que se decía antes. Un consejo que ya no se dan los amigos: ¡Malo, malo! Aparta de mí este mensaje, y allá tú si compras por un saldo tu hipotético bienestar, si han puesto precio de ganga a tu libertad de pensar y existir.
   Elegir un camino a veces no es fácil, y ni siquiera vale en algunos casos la superación y el trabajo, pues a lo más que se podrá aspirar es a vivir cómodamente gracias al bienestar adquirido aspirando a la supuesta felicidad que da viajar y saberse con la cartera llena sirviendo lealmente al señor dinero, ese que nos suministrará los parabienes de los que otros nunca disfrutaran. Vean que no digo que sea malo vivaquear en casa de los padres, o ser capaz de sacar un carrerón con un puesto de miles de eurazos. Lo malo no es ser el “puto amo”, que todos no valen para todo y todos somos necesarios para existir en sociedad. Lo malo, la esencia del cretino, es perder el horizonte, no ser capaces de mirar un espejo con humildad, no distinguirnos del animalillo que solo piensa en satisfacer sus necesidades básicas: procrear, ser aceptado por la manada o rebaño y no pasar frio mi calor. Lo malo es no llegar a esa etapa de la vida en la que el hombre se vuelve racional y se reconoce como un ser limitado que la posteridad borrará de la memoria colectiva. Lo malo no es tener, lo malo es no ser aquello que nos distingue de una bestezuela y creerse superior a ella. Conozco a gente muy feliz, y solo tiene una pensión de viudedad que apenas le da para vivir, de esa buena gente los mejores consejos: sin palabras...
 


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Al sentarse posteriormente en mi mesa, no pude menos que felicitarle por el atrevimiento de trasladarles esa contundente sentencia; la compartía plenamente