EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


La casa

La televisión era muy educativa para Groucho, porque «cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro». Para defenderme de la agresión publicitaria de estas elecciones me he parapetado en un interesante texto del filósofo Gaston Bachelard. Lo digo de entrada, para que mis reflexiones en esta columna no nieguen su paternidad, porque no es mi costumbre adornarme con plumas ajenas como el charlatán en funciones doctor cum fraude.
En La poética del espacio trata de demostrar que la casa es uno de los mayores poderes de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños del hombre. Esta casa es fundamentalmente le de la infancia y el principio integrador de sus paredes, habitaciones y rincones es el ensueño. De César Vallejo recuerdo una confirmación de esta idea hecha en Trilce: «Esta casa me da entero bien, entero / lugar para este no saber dónde estar».
Igualmente son imborrables para Bachelard «todos los espacios de nuestras soledades pasadas, los espacios donde hemos sufrido de la soledad o gozado de ella donde la hemos deseado o la hemos comprometido» y no queremos borrarlos porque instintivamente sabemos que son constitutivos de nuestra manera de ser.
Es el narrador o el poeta quien descifra la casa de la infancia porque «la casa natal es más que un cuerpo de vivienda, es un cuerpo de sueño» y acertará si comunica esa intimidad primaria de tal modo que el cuarto que describe lo sienta como propio quien lee ese poema. Para Bachelard, «la poesía, en su gran función, vuelve a darnos las situaciones del sueño».  
Cuando hace años escribí y publiqué el libro de poemas Volver a casa, quise encabezarlo con una cita de Bachelard tan luminosa que no necesita aclaración alguna: «La infancia es ciertamente más grande que la realidad”. El poder creativo del niño es tan grande que llega a vivir en el que describo como «aquel paisaje azul que no era real, / pero fue verdadero». En mi libro contemplaba la vida como un itinerario circular por el que en nuestra madurez volvemos a entender nuestra juventud y a recuperar el pasmo admirativo de la infancia, y así concluye el libro: «Con mis pasos de hombre / no hice otra cosa que volver a casa». Hay un eterno retorno ¿Acaso la muerte no es volver al silencio que habitamos antes del nacimiento?
Siguiendo al filósofo: «Es en el plano del ensueño, […] donde la infancia sigue en nosotros viva y poéticamente útil». Y añade que nuestros primeros años no solamente están constituidos de hechos sino también de soledades y horas de tedio. Es en su recuperación cuando se entiende esa infancia que nos deslumbraba y esa juventud que llegó demasiado pronto y la cursamos con inconsciencia: «En el reino de la imaginación absoluta se es joven muy tarde. Hay que perder el paraíso terrenal para vivir verdaderamente en él».  
Será el poeta esotérico Victor-Émile Michelet quien, sobre la obra del maldito Villiers de l’Isle-Adam, nos deje esta frase como cierre: «Es preciso avanzar en edad para conquistar la juventud, para liberarla de trabas, para vivir de acuerdo con su impulso inicial».