PAISAJES Y PAISAJANES

Antonio Pérez Henares


La España rearbolada

El gimoteo victimista, generalmente en posición sentada y gratificadamente  subvencionada, viene siendo desde hace lustros el cuerpo de doctrina de pretendidos, autonombrados  y muy enfebrecidos defensores del medio natural y las especies que en el habitan, excluidas por supuesto las humanas, consideradas invasoras y cancerígenas. Entiéndanse en lo referente al homo que esta condición perversa y destructora es atribuida solo a la población estable y dedicada a tareas infames como agricultura, ganadería, caza, pesca y otros delitos similares y exclúyase de ello a los visitadores, postaleros, consejeros y protectores a tiempo parcial, preferentemente en fiestas de guardar, fines de semana, puentes y «relaxamientos» vacacionales.
Según ellos, que no son precisamente ni los científicos, ni los verdaderos conservacionistas que comparten el terreno y cada vez más cercanías, empatías, afanes y labores con el paisanaje, todos, lo que de dice todos y todo en cuanto al medio ambiente se refiere esta mal, remal y peor que se va a poner. No hay sermón ni nueva  suya sin catástrofe ni llantina. La hecatombe final siempre será como muy tarde pasado mañana.
Pues miren ustedes: No. Rotundo y con pruebas. Otro día hablaremos de lo que ahora también les ha dado por hablar a estos mismos, la famosa España Vaciada, y desde las mismas premisas, o sea desde la confortable distancia urbanita y bien pagada, pero en lo que respecta a la evolución de nuestro medio natural, los españoles podemos sentirnos verdaderamente orgullosos de nuestro cambio de mentalidad y de los resultados obtenidos.
De aquellos tiempos de los setenta en que los primeros «apóstoles» encabezados por Félix Rodríguez de la Fuente, allá por el cañón de mi querido río Dulce, trascendental por su impacto masivo, y Miguel Delibes, crucial como referencia intelectual,  comenzaron a tocar en las conciencias de las gentes, señalar los desastres y sus causas y  mostrar en positivo los caminos a seguir a día de hoy, el cambio ha sido inaudito. En percepción, en hechos y en resultados.
Porque, aunque desde luego sería muy nocivo  que la satisfacción por lo logrado llevara a bajar la guardia o descuidar la tarea, es momento de poner encima de la mesa y aunque a algunos les resulte increíble los datos sorprendentes que demuestran a las claras los avances y hacen trizas esta nueva Leyenda Negra en lo que a «genocidio medioambiental» se refiere. Tan falsa como la clásica pero igualmente asumida por muchos como doctrina verdadera.
Pondré un primer ejemplo. Es moneda común, establecida como dogma, que nuestros bosques van a la baja y disminuyendo cada día. Mayor no puede ser la mentira. Desde el año 1991 la masa forestal en España ha aumentado en un ¡31%! Hasta situarse en los 27,7 millones de hectáreas, lo que supone un 54,8% de la superficie total. Somos el segundo país, solo por detrás de Suecia, en el ranking europeo. Dentro de esta masa forestal arbolada, los bosques ocupan un total de 18,4 millones de hectáreas, un 37 % del territorio. El resto de espacio arbolado no selvático es el que corresponde esencialmente a cultivos. Olivares, frutales, plantíos. Que esa es otra, ¿han observado al recorrer cualquier zona de nuestra patria la creciente extensión de tierras con nuevas plantaciones?. Son una novedad mantenida y aumentada, que particularmente me alegra la vista y el alma, las cada vez mayores y más cuidadas extensiones, alineadas y cada vez mejor cuidadas, de nuevas oliveras, de almendrales, de pistachos, de  nogales, de todo tipo de frutales y hasta de encinas truferas. La España rural se está, es verdad y es tristeza, vaciando de gentes pero no es menos cierto que cada vez esta mas y mejor  cultivada.
¿Y que me dicen de las especies animales que la habitan? ¿Se acuerdan de que el lobo, el lince, el oso, la nutria, la casi totalidad de los mustélidos, el águila imperial, y la gran mayoría de las rapaces, incluidos los buitres y hasta las cigüeñas, estaban al borde mismo de la extinción o en peligro de estarlo?  
En la Cordillera Cantábrica, y en territorio cada vez más aislados, no llegaba  a 80 el número total de osos pardos. Ahora la cifra se acerca a los 400. El lince bajaba de  los 150 individuos, reducidos a Doñana y Sierra de Andújar. Ahora supera los 700 en libertad, ha reconquistado Castilla-La Mancha, Extremadura, Castilla y León, Madrid incluso y en sus campeos ha habido alguno que ya ha llegado hasta Cataluña. Peor aún era la situación de la emblemática águila imperial, que no llegaba a las cien parejas. Más de 500 ya ahora. Mención aparte lo sucedido con los buitres y las cigüeñas. Los negros de las especies se han recuperado y el leonado y la blanca son  motivo incluso de problemas por atacar los unos a animales vivos (lamentable aquella decisión de no permitir dejarles, ya por fin en parte reconsiderada,  los muertos en el campo) y su superpoblación en algunos lugares y edificios de la emigrante que cada vez emigra menos.
Y del lobo, que decir. Vuelve Félix, su gran defensor, y su manada de Pelegrina (Guadalajara) a la memoria y la retina.  No llegaban a quinientos, restringidos a Galicia y el Norte de Castilla y León. Hoy han ocupado toda la Cordillera Cantábrica, llegado a los Pirineos y la Ibérica, el Sistema Central, colonizado la meseta Norte, cruzado el Duero y el Tajo incluso también. Su población supera ya los 2500 ejemplares y es motivo de nuevo de fuerte controversia y de debate.
No cabe duda. La naturaleza salvaje española ha experimentado un espectacular avance. Vamos, que algo se habrá hecho bien. Algo habrá, alguna vez, que reconocerse. Algo tendrían ya que dejar de gimotear los gimoteadores y algunas bocazas plañideras y  subvencionadas deberían de ir cerrando el pico y otros dejándolas de cebar con el dinero de todos. Que hay mucho paniaguado orgánico y trincón atiborrado mientras que a mucho científico, conservador a pie campo y gente que en verdad trabaja, se le escatiman recursos y dineros.