BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


A la caza del indeciso

El indeciso es aquel que duda, el hamlet que todo lo sopesa, lo mide, lo escudriña, lo calcula y, cuando ya parece tener claro lo que va a hacer, de nuevo lo pone todo en tenguerengue, le surge de nuevo la duda y reinicia el proceso, hasta el punto de que muchos de ellos llegan a viejos sin saber a qué atenerse en la vida. Son gentes peligrosas, escasamente fiables y todavía más en política. Antes las cosas les resultaban más fáciles: nacionalista o no nacionalista; derecha o izquierda; socialista o comunista. Ahora es la leche; sobre todo por culpa de la escisión de la derecha. Primero fue Ciudadanos, buscando aquel espacio centrista de la por muchos añorada UCD, un intento de arrebatarle, por la derecha, votos a los socialistas tibios o, por la izquierda, a un Partido Popular demasiado pusilánime. Pero, hete aquí que, con la velocidad de vértigo que lleva hoy día la política, surge, como un meteoro, el fenómeno Vox, que aspiraba a ser la derecha pura y dura, sin aditamentos ni ñoñerías, pero que a la hora de la verdad, y sus dirigentes lo saben, se ha convertido en extrema derecha.
Nada extraño, pues, que la indecisión haya aumentado su volumen hasta alcanzar nada menos que a un 40% del electorado, lo cual, unido a los avatares de la ley D´Hondt, hace que incluso las encuestas más “serias” resulten escasamente fiables. Aquí, con cinco partidos, más los nacionalistas, no hay Dios que se aclare, ni siquiera el propio José Félix Tezanos, director del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), que no termina de creerse el anunciado batacazo de la Derecha, tal y como se pone de manifiesto en la última encuesta. Aquí, por lo que sea, muchos mienten y el voto oculto campa por sus respetos. Los socialistas de Pedro Sánchez, a los que la encuesta los da como ganadores con un 30% de los sufragios, no se lo terminan de creer y abogan por la participación máxima, único modo de evitar que ocurra lo que ocurrió en Andalucía hace unos meses.
El problema, y los partidos bien lo saben, es el cansancio y la hartazgo de la ciudadanía a la que vienen machacando literalmente desde hace más de dos meses, con una precampaña inmisericorde y una campaña que acaba de empezar y que se anuncia extenuante, dirigida casi exclusivamente a los del voto oculto y a los dichosos indecisos, a quienes hay que ganarse a costa de lo que sea. Es la hora, pues, de echar la casa por la ventana, de prometer el oro y el moro (otra cosa será cuando llegue la hora de cumplir las promesas, como ocurrió con Rajoy), y, sobre todo, de evitar las meteduras de pata, en lo que la derecha de Pablo Casado se está convirtiendo en un auténtico paradigma desde el día en que el heredero de Suárez confundió flagrantemente el aborto con el infanticidio, o el propio Casado anunciando, si ganan, un descenso del salario mínimo. Meteduras de pata de las que no está exento ni siquiera Pedro Sánchez que estaría mejor calladito antes que anunciar que “el poder político, lógicamente, tendrá que posicionarse” cuando se conozca la sentencia del juicio del 1-O que se está celebrando en el Supremo, frase que ha dado pie a sus adversarios políticos para afirmar, tergiversando, claro está, sus palabras, que “no descarta el indulto para los líderes independentistas” –ya se sabe aquello de que en elecciones todo vale–; un error de cálculo que le podría costar unos cuantos miles de votos que irían a parar directamente a Ciudadanos.
Nos esperan quince días “de alivio”, con Semana Santa por medio, unos sembrando miedos; otros esperanzas, y todos intentando llevar las aguas a sus respectivos molinos; y lo peor es que después de las Generales, vienen las Europeas, las Regionales y las Autonómicas. Demasiado en juego para hacer de don Tancredo. Y encima hoy, Domingo de Ramos, celebramos el día de la República.