NUEVO SURCO

Javier López


La gran ineficacia

Sí, finalmente vamos a elecciones, con la casa sin barrer y en primera línea de despiste. Lo asombroso se ha cumplido. Pero hemos encajado bien el golpe porque vamos camino de contemplar a nuestros políticos con la misma parsimonia con la que escuchamos el sonido de un motor a media noche colocado justo debajo de nuestro dormitorio. Fastidia pero nos da pereza levantarnos de la cama a protestar. Ya se irá, o ya nos dormiremos. Aunque estos no se van, se quedan y no se enmiendan, y es posible que terminen por adormecernos. No lo evitará ni la última incorporación: Íñigo Errejón. Son los protagonistas de un gran fracaso, una gran ineficacia. Porque un sistema político para ser aceptable debe reunir dos condiciones: ser democrático, es decir, estar asentado sobre la voluntad popular; y la segunda, ser eficaz, responder con prontitud y agilidad a las demandas sociales, y nosotros llevamos del orden de cinco años embarrancados en la incertidumbre.
Cumplimos la primera condición, y por eso la gente acudirá a votar el diez de noviembre. Lo hará, como siempre, pensando que la democracia es un bien preciado que no puede ser despreciado. El voto es un derecho sagrado que no siempre se tiene, que hasta te lo pueden quitar. Pero el mero hecho de votar no es sinónimo de vivir en una democracia, ni de que ésta sea sana e ilusionante, y de seguir así aquí vamos camino de ir a votar con la misma ilusión con la que lo podían hacer nuestros padres cuando se convocaban las elecciones a procuradores por el tercio familiar en las cortes franquistas. En los tiempos en trance de ser exhumados.
Sin amor y sin respeto, con una especie de rutina de domingo gris y sin brío, como se va a comer en casa de la suegra mal encarada. En eso no se debería convertir nuestra democracia, pero nuestros políticos nos pueden jugar una mala pasada. Se habla ahora de culpas. Desde luego Pedro Sánchez no parece haber tenido un gran interés en llegar a una solución. Ha jugado una carta que será arriesgada, pero en el riesgo siempre va implícita una posible ganancia. Ha jugado una carta en contra, de nuevo, de importantes terminales de su propio partido. Ahora pide a los españoles que lo digan más claro haciendo de nuevo un requiebro dialéctico que a duras penas oculta un trato a los votantes como de menores de edad, incapaces de elegir con exactitud «lo que debe ser elegido».
No es aceptable. Tampoco la actitud de Albert Rivera sacándose a última hora de la chistera el conejo de pacto  con Sánchez para habilitar una ‘solución de Estado’, cuando el Estado lleva esperando soluciones desde que las incertidumbres políticas lo dominan todo, es decir, desde el comienzo del reinado de Felipe VI y la llamada Segunda Transición. Es increíble que se haya dejado tirar por la borda un pacto entre PSOE y Ciudadanos que además de dotar al país de una amplia base parlamentaria de sustentación, hubiera permitido por primera vez afrontar una etapa compleja de reformas en profundidad sin la hipoteca siempre envenenada de los independentismos. A medida que pasen los años, y veamos este momento con una cierta perspectiva, veremos también la enormidad de la oportunidad perdida, y tendremos que recordárselo a Sánchez y a Rivera. Llevan ya un largo historial de encuentros y desencuentros, y en ellos ha estado la clave de que la historia hubiera seguido hacia delante.
La casa sin barrer, y nuestro sistema democrático nos sigue garantizando ir a las urnas y otra vez. Faltaría más. Por rutina y sin ilusión, pero dando muestras de una ineficacia alarmante a la hora de poner a alguien al frente. Es preocupante teniendo en cuenta que cuando nació, en 1978, fue una gigantesca ilusión colectiva. Así nos lo han contado que lo vivió intensamente.  Se habla ahora de intentar una reforma electoral para que el partido más votado tenga la obligación de formar gobierno y no haya bloqueo posible, como ocurre en el parlamento vasco. Podría ser un parche que, sin embargo, no resolvería el problema de fondo que tiene más que ver con la ‘política de adolescentes’  (tiene razón en esto Núñez Feijóo) en la que chapotea nuestros país, como en una fiesta de primavera celebrada a destiempo y bajo la amenaza de negros nubarrones. Egos girando alrededor de si mismos en un juego macabro de tacticismos y expectativas. Y sí: finalmente iremos a la urnas el diez de noviembre, dudo que la abstención sea alarmante, pero nos merecemos más, mucho más.