RATAS DE DOS PATAS

Ángel Villarino


Un papa peronista

Al primero que se lo escuché decir fue a Diego Fonseca, que es argentino. El Papa Francisco es un Papa peronista. Para bien y para mal porque el peronismo no merece en ningún caso sentencia en firme: tiene sus luces y sus sombras, en una gradación que además se ha ido deteriorando con el paso de los años.
Cuando el Papa Francisco juega a la cobra en el besamanos está practicando el peronismo, como cuando se mete en jardines a bordo de un avión plagado de periodistas. El peronismo es ruinoso pero simpático, es un estado de ánimo complaciente y despreocupado, como una noche de verano trasnochando con unas copas en el patio de unos amigos.
A largo plazo, el peronismo suele convertirse en una catástrofe económica. Como cualquier actitud indolente. Pero se le puede sacar mucho provecho en una institución sin demasiadas tensiones productivas, como la Iglesia Católica o la política argentina. Al Papa Francisco le funciona, aunque sea a costa de enfurecer a mucha gente dentro y fuera de la Curia.
«¿Es el Papa populista?», se preguntaban a puerta cerrada un grupo de sacerdotes conservadores hace un par de semanas. Probablemente lo sea, en sintonía con los tiempos. Probablemente sea también lo mejor que le ha podido pasar a la Iglesia en un momento muy delicado para los creyentes de países donde están ganando terreno otras religiones y otros cultos. No en vano, alguien definió el peronismo como el marketing previo al marketing.