EL REPLICANTE

Alejandro Ruiz


La castaña electoral

Tranquilos, después del reciente aviso por parte de Kristalina Georgieva, la nueva dirigente del Fondo Monetario Internacional, sobre la desaceleración económica, si hay algo que calme a los mercados frente a la crisis económica en ciernes, es saber que Sánchez va a desenterrar, por fin, el cadáver de Franco. A su anuncio, respiramos tranquilos pensando en la consolidación fiscal, el mercado laboral y la reducción del déficit, mientras a este lado de la percepción, acongojados, sufrimos ya la campaña electoral más absurda, disparatada y demencial de las que podemos recordar. 
Lo que menos necesita España ahora es repetir la vaciedad sin sentido de las viejas campañas electorales, que nos agarrote todavía más en la barricada contra los mensajes tontos. A nadie le apetece ahora volver a ser bombardeado incesantemente por todo tipo de propaganda electoral, publicidad, carteles, entrevistas, debates, avezados análisis, y demás artillería propagandística para formar en nuestros maltratados cerebros la convicción de nuestro voto.
En las campañas electorales el contenido de los mensajes políticos se distorsiona a favor del mensaje de marketing publicitario, que no coincide necesariamente con la realidad social y económica del momento, ni con los valores democráticos. El discurso publicitario de los partidos durante las campañas electorales transforma su imprescindible estilo positivo en meramente competitivo, hasta el punto de rayar en lo maquiavélico o goebelsiano, en evidente incongruencia entre el supuesto contenido democrático del mensaje y las actitudes, conductas y declaraciones antidemocráticas, lo que se observa especialmente incrementado en un país donde se confunde la libertad de expresión con la libertad de desacreditar cualquier opinión contraria, tachándola gratuitamente de violenta o fundamentalista.
Es precisamente en las campañas electorales cuando prevalecen las formas sobre el fondo, cuando los partidos abandonan la realidad más evidente y hacen gala de tediosos, insoportables, soporíferos y gastados mensajes populistas en busca del voto indeciso, batiendo recíprocamente el dudoso record de proferir el mayor número de ocurrencias, chuminadas y mentiras en el menor espacio de tiempo posible. Es en las campañas electorales donde prima el espectáculo circense sobre la realidad y las ideas.
De este modo, entre la resurrección de Franco y la sentencia del ‘procés’, la campaña electoral es precisamente lo contrario a la sensatez, la lealtad política, la honestidad, la responsabilidad, la unidad, la inteligencia y la urgencia que necesitamos para hacer frente a ese anuncio tan cristalino del Fondo Monetario Internacional. 
Qué se puede esperar de un país donde los complejos llegan al punto de que un campeón mundial de motociclismo tenga que inventarse una bandera, propia y personal, para no exhibir la de su propio país en las celebraciones de sus triunfos. En 1911 dejaba escrito Juan Maragall que “en España la pasión política no es sino disfraz de otras pasiones que buscan en aquella satisfacción disimulada”.