OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Relato

Como si la hubiesen apaleado hasta la extenuación, la niña entró en casa llorando e hipando arrítmicamente. Al verla, la madre pegó un grito que hizo temblar las paredes de todas las chabolas del poblado. La cría, aun sin presentar rasguño alguno, tardó minutos en articular palabra. Cuando sus primeros vocablos entendibles fueron emitidos, ya estaban allí su tía y abuela maternas quienes habían llegado hasta la vivienda convocadas por el berrido de la mama. Sin parar de sollozar, por fin la jovencita fue capaz de venirse arriba y, sobreponiéndose a su dolor, trasladar al trío de ases los acontecimientos acaecidos. En su clase de 6º de Primaria, el maestro la había castigado a permanecer en el aula durante el recreo dado que no había prestado atención ni había llevado los libros. En ese momento tembló la barriada al poner las tres tenoras el grito en el cielo. Repentinamente la abuela asumió el mando y mirando a sus hijas dijo: vamos; y fueron. Como única indicación sobre la identidad del docente agresor, acosador e hijo de puta, la niña, ignorado obviamente su nombre, solo fue capaz de decirles que llevaba barba y gafas. Llegado al colegio el tribunal inquisidor, las tres marías localizaron en un despacho a alguien que respondía a tal descripción. Al grito unánime de cabrón, le dieron más palos que a una estera. De repente se abrió la puerta llegando, ante los gritos del ajusticiado, varios compañeros en su auxilio. Y hete aquí que, de repente, las verdugas constataron que uno de los nuevos convocados a la fiesta también usaba lentes y no afeitaba su faz. Tras una mirada a tres de las justicieras, se dirigieron a por él por si acaso se habían equivocado de facineroso y este era el verdadero culpable del dolor de la nena. ¿Verdad o falsedad? Cada cual que decida sobre la veracidad del relato.
 


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