OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Víctima

31/12/2019

De niño, cuando me mandaban a la cama sin tener sueño, madrugar sin apetecerme o comer lo que no me gustaba me acordaba de toda la familia de Eva. Me habían contado que el mundo, antes de que ella se hubiera comido aquella manzana, era un paraíso en el que nadie daba palo al agua y, lo más importante, en el que no había que estudiar ni hacer deberes. Pero llegó Eva y, solo por fastidiar, nos condenó a todos por su imprudencia. Cierto es que en eso yo andaba un tanto liado. Si había sido ella la causante del desaguisado, ¿porqué teníamos todos que cargar con las consecuencias? Y, sobre todo, ¿hasta cuándo? Cuando me dijeron que eso ya no tenía solución y que sería para siempre, ¡me entró una desesperación! Las veces que blasfemé en silencio contra Eva; las ocasiones en las que en mi cama, de noche y abrazado a mi almohada, me imaginaba a Adán a modo de chirivainas, sin fuste ni muste, sin haber sido capaz de impedir que Eva cometiese tal salvajada y así habernos librado de esta condena perpetua. Conforme pasó el tiempo, me resigné a la situación y, siendo ya mozalbete, descubrí que lo que no me disgustaba en realidad era dormir, prefiriendo llenar mis días de actividad frenética. De igual manera me percaté de que lo que realmente me encandilaba era madrugar para gozar así del rocío de la mañana, de calles solitarias o de la escarcha depositada en la lona de mi tienda de campaña. Fue por entonces cuando me sedujo descubrir por mí mismo que cada minuto tiene 60 segundos que, debidamente amueblados, te pueden llevar a ser ese hombre que predicó Kipling. Y de adulto me convencí de que mejor era para mi integridad moral, y quizá también física, más que considerar a Eva culpable, predicar que ella no había encontrado más salida al calvario que atravesaba que calmar su hambre voraz dando así salida a su pobre e irremediable condición de víctima.



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