LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


El gallinero

Vox se ha quejado de que la Mesa del Congreso haya colocado a sus diputados en el gallinero de la Carrera de San Jerónimo. Un parlamentario de Badajoz de esta formación ha dibujado el hemiciclo y la colocación de los diferentes grupos. De esta forma, hemos sabido que los de Santiago Abascal van a estar al lado de los bilduetarras, golpistas, presos y amigos de todos ellos. Le faltó añadir al diputado pacense los perroflautas de Podemos para completar el aforo y quedarse a gusto. Me permitirá que tome la licencia y diga que los señoritos de Vox convivirán con todos ellos en un ejercicio de amor democrático sin límite que sólo es posible gracias a este sistema político. El gallinero es un sitio muy decente, aunque no se sirva el té a las cinco o no haya llegado el servicio con delantal blanco y cofia. A todo se acostumbrarán sus señorías.

La historia cultural de España se escribe precisamente en los gallineros. Es el lugar que más respeto infunde a los creadores, que tienen puestos sus ojos en lo alto del teatro para saber si una obra triunfa o no. Los señoritos del palco bastante tienen con sujetar los prismáticos y meter mano a la doña. En el gallinero se patea, silba, ríe, jalea y hasta se lanzan sillas si la obra no es buena. Ha habido auténticas pendencias en los gallineros y duelos a muerte que se saldaban en la calle. Valle recibió un bastonazo y se quedó manco. El Parlamento, más que nunca, es un ruedo ibérico que debió presidir para siempre el diputado de Burgos que ofició el primer día.

Abascal podrá lanzar sus soflamas desde el escaño a pleno pulmón si lo prefiere. La resonancia de la Carrera de San Jerónimo es fabulosa y los ecos de las voces penetran incluso hasta por los tiros del techo de Tejero. Espinosa de los Monteros podrá aprovechar las largas tardes de pleno para atusarse las barbas y mi amigo Ricardo Chamorro, para hacer unos cuantos vídeos y subirlos al Facebook. Protestar por el gallinero da mala imagen. Estos de Vox se empeñan en no cuidar los detalles y así pasa, que no los quieren ni en pintura. Ahora salen diciendo que igual prohíben el Orgullo Gay en Madrid. Sería tanto como quitar los carnavales de un plumazo o no oficiar el entierro de la sardina. De tanto pensar en España, España va a dejar de pensar en ellos.

El gallinero es el mejor sitio para pasar desapercibido y hacer el notas. Es cierto que tendrán que aguantar a los de Bildu, pero la Reconquista, como bien sabe Don Pelayo, empieza por el Norte. En eso, Abascal sabe mucho y ahí sienta cátedra. Por eso, es una pena que un partido como el suyo, en el que militan personas tan respetables como Ortega Lara, pareciera que a veces se diese al burundanga. Ortega Smith es un capitán de los tercios de Flandes que se ha caído de algún cuadro raro.

Verdi temblaba cada vez que estrenaba alguna de sus óperas en la Fenice. La Traviata se la reventaron el primer día desde el gallinero y tuvo que rehacerla nuevamente. La época romántica del XIX dio para mucho troleo de obras y los corrales de comedias del XVI ardieron algunas veces. Famosa es la historia de Cagancho en Almagro, que puso en llamas la plaza de toros. Por no hablar del siete en las Ventas, que es el gallinero taurino con más pedigrí de cuantos existen. Egregia fue la figura del Ronquillo, un taxista ronco que se hacía oír en la multitud. O la Tumbacristos, señora de hechuras prietas llamada así no por un pasado turbulento, sino porque el crucifijo de su cadena caía tumbado sobre el escote, tal y como contaba el inolvidable Joaquín Vidal en sus isidradas. Esta columna misma es ejemplo de gallinero. Está en lo alto del periódico y apenas nunca dice nada de provecho.