OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Suerte

30/04/2020

No sé distinguir a un chino de un japonés. Menos aún a un vietnamita, surcoreano o norcoreano. Al único que distingo de todos ellos es al líder invicto de los últimos y por su peinado. Lo que sí me resulta fácil es diferenciar a un asiático de uno de aquí y más si el de aquí es hijo, nieto y bisnieto de otro que también nació aquí. Pero, ojo, no siempre es el aspecto físico lo que más ayuda a distinguir a los de aquí de los de allí. Hace años escuché una curiosa entrevista en radio. El locutor charlaba con el entonces embajador de nuestro país en China. El diplomático en cuestión, al margen de su tarea representativa, era un perfecto conocedor de la cultura china. Así, tras hablar de lo humano y lo divino, de pronto el periodista le preguntó sobre las razones por las que, a su juicio, el pueblo chino había progresado tan vertiginosamente en los últimos lustros habiéndose hecho, además, con una buena tajada de la deuda pública extranjera. ¿Qué les diferencia de nosotros, de nuestra cultura? El alto representante de nuestro país en aquel inmenso país, tras una breve pero significativa pausa, se dirigió al locutor y le dijo que, en lugar de darle una respuesta, prefería formularle a él alguna pregunta. ¿Ve usted en las playas, habitualmente, muchos chinos tumbados al sol horas y horas? ¿Percibe usted que las relaciones, entre padres e hijos de aquellas latitudes, sean muy parecidas a las que tenemos por aquí con nuestros vástagos? Desde entonces, cada vez que entro en una tienda de chinos, mi mirada se dirige prioritariamente a esos pequeños chinitos que no es extraño encontrar en ellas, para buscar en sus caras restos de dolor, pena, sufrimiento o desencanto. Desde aquel momento, los puntuales paseos que doy por la playa no solo me ayudan a valorar la esbeltez de algunos cuerpos allí recluidos sino que, retándome siempre a mí mismo, busco chinos al sol. Cuestión de suerte.