RATAS DE DOS PATAS

Ángel Villarino


El arte de provocar

La provocación ha sido siempre una de las grandes herramientas del activismo para poner la lupa sobre los aspectos más oscuros de una sociedad, sobre todo tipo de situaciones injustas convertidas en cotidianeidad. Se trata de agitar el ambiente para que afloren contradicciones, de desnudar la verdad a golpe de escándalo.
Ocurre cuando una mujer pasea con la cabeza descubierta por las calles de Afganistán, cuando un ciudadano de piel negra se mete en un lugar donde tiene expresamente prohibido entrar, cuando alguien se coloca en la trayectoria de un tanque represor, cuando un grupo de mujeres se desnudan frente a dirigentes ultraderechistas que campan a sus anchas o cuando un grupo de adolescentes hacen pompas de chicle frente a la policía en el metro de Singapur.
La propia Marcha del Orgullo nació así: como una provocación para reivindicar, para normalizar lo que estaba socialmente aceptado. Y me cuesta mucho establecer diferencias con lo que hacen en Ciudadanos cuando van a Alsasua, cuando pasean por Olot o cuando deciden participar en el Orgullo. Están, efectivamente, provocando: buscando la reacción insana, enferma, de sus rivales ideológicos, un spot político que si funciona es precisamente porque toca fibras que están ahí, a flor de piel.
Ponen frente al espejo a un sector de los españoles que parece incapaz de aceptar la cercanía de sus rivales políticos, de quien piensa distinto a ellos. Marchar pacíficamente a favor de una causa común al lado de quien en principio es un rival ideológico es definitivamente algo que nos convendría a todos normalizar. Nos quejamos de la incapacidad de nuestros políticos para sentarse alrededor de una mesa a negociar, pero creo que es parte de esta misma mentalidad.