CATHEDRA LIBRE

Miguel Romero


Acoso

Realmente hablar de Acoso es cuando una persona hostiga o molesta a otra, y por tanto, está incurriendo en algún tipo de acoso. El verbo acosar refiere a una acción o a una conducta que implica generar incomodidad o disconformidad en el otro. Sin duda, tal y como un artículo de ABC nos expresaba, «debemos entender el acoso como una de las formas más estresantes de relación humana, porque ese acto de perseguir de un modo constante y más o menos evidente a una persona es imperdonable y debe ser perseguido legalmente con total atención».
Está claro que el acoso como tal es cuando tiene por finalidad la obtención de algo por parte de quién lo realiza, porque igual que en los animales es el instinto de defensa ante la persecución o amenaza, en el caso del ser humano la misión es lograr algún beneficio del acosado.
Según el último estudio, el 19 % de los internautas sufren abuso en las redes sociales que en cuatro de cada diez casos, amenazaban su integridad física -según un informe de Amnistía Internacional-. En España, el 26 % de las mujeres acosadas manifestaron que se habían divulgado escenas íntimas por las redes sociales. Internet, sin duda, puede ser un lugar temible y tóxico para las mujeres especialmente porque no es ningún secreto que la misoginia y los abusos prosperen en las plataformas de redes sociales. En España, el 52 % de las encuestadas manifestaron tener la autoestima muy baja o habían perdido la confianza en sí mismas como consecuencia de recibir esos abusos constantes.
Y es que no puedo estar más triste. La violencia de género, de por sí, es terrible porque cada vez vemos más noticias de casos producidos en nuestro país a pesar de todas las medidas que el gobierno y las instituciones establecen. No entiendo ese «machismo» porque no entiendo ese «abuso al ser humano», sea masculino o femenino, sea adulto, adolescente o niño. No entiendo como las sociedades modernas pueden permitir ese paradigma inequívoco de situaciones cuando el avance en la modernidad, en la democracia, en los valores, en los equilibrios emocionales, deberían estar mucho más a la altura de un positivismo que de un negativismo. Pero aunque la violencia de género activa la acción directa, en este otro caso, donde se produce un acoso de diversión, de morbo injusto, de daño moral, de herida sentimental, de acción imperdonable, la respuesta es todavía más cruel. ¿Cómo puede ocurrir, cómo puede ser tan maligno el propio ser, cuando en el entorno de tu trabajo, en la relación amistosa entre compañeros -palabra cordial y familiar-, entre la gente con la que compartes sentimientos, amistades, intimismos, compromisos de apoyo y de ayuda, puedes llegar a provocar acciones dramáticas de abusos?
El último caso nos ha conmocionado nuevamente a todos. Una mujer de 32 años con dos hijos de corta edad se suicidó este fin de semana por haber visto como en las redes sociales aparecían escenas suyas de carácter sexual realizadas hace cinco años, antes de estar casada y que ahora, felizmente casada, han provocado su muerte voluntaria. No ha sido capaz de soportar las miradas, los comentarios, los entresijos de esos, sus «amigos y compañeros», le manifestaban y no ha podido soportar que esas escenas llegaran hasta su actual pareja, después que ella misma había denunciado ese caso al Comité de Empresa. ¿A dónde queremos llegar? ¿Cuál es la finalidad que guía al ser adulto, compañero y amigo, a dañar el sentimiento de la persona con la que comparte relaciones de convivencia? ¿Qué nos hace tan crueles? ¿Dónde está el límite de lo bueno y lo malo, de lo acertado y equivocado, de la solidaridad o el desengaño?
No hay perdón de Dios para esta sociedad injusta, maligna, envidiosa, inmoral, amoral, hipócrita, pérfida, egoísta, orgullosa, cruel y vacía. No lo hay. ¿Qué pasará cuando esos niños mayores -sus hijos- tengan uso de razón y quieran entender la respuesta del por qué algo así tuvo que suceder y cuál fue el pecado de una madre que abandonó la vida por la insensatez de una sociedad que no merece ser llamada así?


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