OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Fenómenos

04/05/2021

Poco trabajo damos a psicólogos y psiquiatras. Desde hace años, una tierra como esta debería ver cómo buena parte de sus pobladores hace fila a las puertas de consultas de profesionales del comportamiento o de la mente humanas, y no en las colas del hambre, ante oficinas bancarias o frente a panaderías esperando entrar para comprar su pan de cada día. Y ello desde que por estos lares empezó a ser posible que personajes sin oficio ni beneficio, que no superarían un hipotético test psicotécnico que fuese requerido para opositar a recepcionista de quiosco de prensa, puedan llegar a volar por capricho en un Falcon o tener capacidad para proponer nombramientos de ministras o secretarios de Estado por el mero hecho de ser su pareja o amiguete. ¿Es lógico que dirijan nuestros destinos individuos sin servicio alguno prestado previamente a la sociedad, sin casi formación, pudor, vergüenza o decoro y que no se sonrojan al tener como compañeros de viaje a terroristas, violentos, separatistas o anticonstitucionalistas, manifiesta y judicialmente declarados como tales? Siento vergüenza al constatar que fenómenos humanos en absoluto respetuosos con la democracia cuando las urnas les dan la espalda, gandules que no sienten turbación alguna al mentir, manipular o delinquir descarada y premeditadamente, haraganes que se dedican a dividir en lugar de unir, a crispar en lugar de serenar, sean alzados por una parte de sus compatriotas a responsabilidades que el sentido común dice que deberían estar reservadas para la creme de la creme. Algo tóxico y enfermizo debe habitar en sus neuronas. En contra de lo que se proclama, no creo que esté en peligro la democracia, ni posiblemente tampoco la libertad. No obstante, a veces temo no ver con claridad y que mis deseos se impongan a la realidad poniéndome, para más inri, gafas de sol en plena noche. Lo que sin embargo sí creo que están seriamente amenazados son el pudor, el decoro, la moral y la dignidad más elementales. La decencia política, los principios éticos más básicos, aquellos valores que siempre fueron patrimonio de personas respetuosas, educadas o tolerantes, no forman hoy parte del usufructo del que disfruta una parte de los que representan a la sociedad. Y lo peor es que están inoculando o implementando, palabrejas hoy patrimonio transitorio de pedantes, estos sentimientos en la sociedad, en la gente de bien, en las familias, en los trabajos, en los grupos de amigos. Reconozco que siento asco cuando constato que algunos de esos que hoy establecen, asientan y alientan la crispación, empezaron sus carreras mitineras, homilías torticeras y embustes, en aulas quebrantando con descaro la responsabilidad que se les entregó para transmitir conocimiento y sabiduría, traicionando a la ética más elemental al dedicarse en su lugar a soltar soflamas indecorosas. Pobres diablos. Por suerte, esas manipulaciones, abusos de poder y de autoridad suelen volverse contra ellos. Ellos llaman a eso libertad de expresión, si la ejercen ellos, claro. Si son los otros los que actúan así, todas las condenas, incluida la pena capital y varias tandas de latigazos, deberían destinarse, siempre a su juicio, a las espaldas de los que ellos llaman corruptos. Cuando ahora es la ciudadanía de andar por casa la que condena o no, cuestiona o no, criminaliza o no acciones claramente delictivas e inmorales, dependiendo de quien las realiza y no por el hecho mismo en torno al cual se dan, algo grave está ocurriendo. Y si la sociedad más manipulada, desinformada y cortoplacista, cuando ve que los suyos son descaradamente pillados en renuncios o delitos, no llega más allá de afirmar que todos son igual, mal camino llevamos.