DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Vacaciones y veraneo

A ciertas edades, todo lo ves lejos; la jubilación ni se atisba en el horizonte y la loca juventud hace ya años que pasó, con lo que cualquier aproximación es garantía de ridículo. A los Peter Pan modernos se les ve a la legua. Esos hombres retratados por el psicólogo Dan Kiley y que no crecieron jamás, hombres que se resisten a hacerse mayores y que se extienden como una plaga. No sé por qué siempre me fijo más en ellos en verano. En ocasiones, pueden despertar ciertas envidias, porque en todo hombre habita siempre un niño. Hasta que te sale la vena sensata, la de la madurez normalizada, y comprendes que ese problema que comenzó a estudiarse hace décadas se ha convertido en una epidemia. Que si no hay valores, que si falta gente comprometida en una sociedad sin sustancia, que si nos hemos vuelto demasiado egoístas… Lo de siempre. Y si no encontramos suficientes argumentos, ¿a quién miramos? Al blanco fácil, a los políticos, que parecen que no maduran nunca y que siguen instalados en una permanente adolescencia. ¡Valen para todo!
Aun siendo una especie en imparable propagación y digna de seguir siendo estudiada, no es el fenómeno mayoritario. Digamos que afortunadamente. Dentro de la generalidad mucho más extendida encontramos esas familias con niños que comenzadas las vacaciones escolares se enfrentan al debate de qué hacer con los pequeños. No es un problema, pero si un dilema que hay que afrontar. No hace tanto, los abuelos vivían en el pueblo durante todo el año, con lo que era la salida más rápida. Sin ni siquiera sacar los libros de la mochila, colocabas a los niños en el pueblo, ibas los fines de semana y, de lunes a viernes, fuera del trabajo redescubrías un mundo que suele permanecer oculto tras las rutinas y las obligaciones de los hijos. No estabas de vacaciones pero saboreabas ciertos momentos del día como si lo fueran. Eso ahora es menos sencillo. Los pueblos se han quedado incluso sin abuelos y, si los hay, han sido exprimidos durante todo el año, con lo que no siempre es viable esa salida. Sigue el dilema y llegas a la conclusión de que las vacaciones, en determinados contextos y a ciertas edades, están sobrevaloradas. Cuando el mes de julio pide paso hay que dejarle entrar sin miedo, sabiendo que más pronto o más temprano llegará un descanso laboral, antes llamado vacaciones, pero que se ha convertido en un veraneo que mantiene evidentes diferencias con lo anterior. De veraneo sigues teniendo las obligaciones que te dan unos seres menudos que completan la felicidad, a veces reducida al dinero, al amor o a la calidad de tus digestiones.
De vacaciones o de veraneo tomas distancia con ciertas afrentas que vives con otro tipo de intensidad cuando estás dentro de la cotidianeidad laboral. Pero ni por esas me deja de escamar ver a un terrorista dando lecciones en la televisión que pagamos todos. Y lo que es peor, ver a la cohorte de palmeros de un PSOE necesitado tratando de justificar la enésima ofensa a las víctimas del terrorismo, blanqueando a un etarra que fue a la tele pública a que le blanquearan. La miseria moral choca con la libertad de expresión y con todo lo que nos han intentado colocar en las últimas horas. Al frente de toda esta calaña se ha situado Beatriz Talegón, a sueldo del independentismo y de todas las causas que tratan de dinamitar la normal convivencia. A Talegón se le agradece que habitualmente omita que es de Guadalajara. El resto, no hay que añadir más. «inmenso Otegi. Ojalá te veamos más y puedas explicarle a todo el mundo sobre todas las víctimas y sobre todos los verdugos. Gracias por ser un hombre de paz y demócrata». Vergüenza de paisana.