La Pasionaria que yo conocí

Antonio Pérez Henares
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‘La Pasionaria’ recibe un ramo de flores por su 90 cumpleaños de Pérez Henares.

No esperen que haga un retrato político ni un juicio a su vida y persona. Sobre Dolores Ibárruri, La Pasionaria, no podría. Estaría trufado de mi propia peripecia y de una enorme carga subjetiva. 

La conocí siendo ella anciana y la traté con cierta asiduidad cuando ya frisaba los 90 años. Yo andaba por los 30 y era por aquel entonces un fervoroso militante, que había ingresado en el PCE con apenas 16 años. Había sufrido varias detenciones de la Policía española, viajado por Francia y pasado una temporada en la Italia del gran dirigente eurocomunista, Enrico Berlinguer, a quien también traté. Fue la gran esperanza de la democratización de la izquierda hasta entonces estalinista y a cuya propuesta me apunté desde el inicio.

 Tras, hacer la mili, agotadas las prorrogas, donde fui soldado raso, a las órdenes primero del coronel y luego general Guillermo Quintana Lacacci, después asesinado por ETA y a quien traeré a estas paginas, me había desvinculado del diario Pueblo, de quien acepté una liquidación renunciando al derecho de reenganche alguno. A la vuelta comencé en la sección de cierre de Mundo Obrero, cuya imprenta estaba en mi ciudad, Guadalajara, y su redacción en Madrid (San Nicolás esquina Libertad). Alcancé pronto la jefatura de Sección. No duró mucho, pues el MO Diario cerró. Tenía paro, pero Enrique Curiel, secretario del Grupo Parlamentario, me fichó como jefe de Prensa y en el Congreso viví los extraordinarios acontecimientos de la Transición y el traumático 23-F. 

En 1984, me encomendaron la Jefatura de Redacción de Mundo Obrero Semanal, que era en realidad su dirección periodística. Fue entonces, en Santísima Trinidad 3, donde estaba su sede y la del Partido donde trabé contacto con Dolores, a la que apenas había tratado en su efímero paso por el Parlamento, ya muy mayor y quienes la rodeaban, en particular con su hija, Amaya, su secretaria, Irene, a las que recuerdo siempre a su lado.

 Una de las primeras cosas que me sorprendieron de ella fue su compostura, aseo y cuidado. Siempre bien peinada, con su pelo recogido en un moño, con sus pendientes de perla, su única joya, si era día señalado. Pero sobre todo su voz. La seguía teniendo muy hermosa y vibrante. Yo decía que «morada». Un día la oí cantar. Un himno de su juventud revolucionaria, claro: Joven Guardia y me impactó su modulación y energía.

 Era la presidenta del PCE, pero no pintaba en realidad mucho. Aunque algo más que cuando había estado Santiago Carrillo al frente de la Secretaría General. Lo cierto es que Dolores, ortodoxa siempre, en su estancia en Moscú plegada a Stalin, tras el desastre electoral del 1982, el antes poderoso PCE reducido a cuatro diputados, la dimisión de Carrillo y el ascenso de Gerardo Iglesias, el viejo líder intentó recuperar al poco el poder y provocó un terremoto, La Pasionaria no le siguió en su deriva.

 El Partido se rompió en dos mitades en un convulso Congreso donde la diferencia entre miles de compromisarios fue de tan solo ¡10 votos! a favor de Iglesias. Carrillo encabezaría después una escisión y muchos de sus seguidores se incorporarían al PSOE. Dolores fue decisiva con su apoyo a la supervivencia del minero Gerardo Iglesias, que fundo Izquierda Unida y que luego daría paso a aquella «resurrección» protagonizada por quien iba a ser su último gran líder, Julio Anguita.

 Todo aquello lo viví en primera persona y algunas de las peripecias vitales de La Pasionaria. Su nacimiento en Gallarta (Vizcaya) en 1895, hija de un minero vizcaíno y una soriana, su matrimonio con un joven socialista, sus seis hijos, de los que solo consiguieron pasar los tres años, Amaya y Rubén. 

Dolores había llegado al socialismo a través de movimientos sociales católicos, y anoto esto porque el hecho tuvo relevancia en la parte final de su vida. Es más conocido su protagonismo en las Cortes como diputada comunista por Oviedo en las Cortes Republicanas, pues había abandonado el PSOE y participado en la fundación del PCE en 1920. En la guerra civil se convertiría en una figura carismática y clave en el cada vez más hegemónico PCE de la Guerra Civil. Dos de sus frases siguen siendo hoy muy conocidas y hasta utilizadas todavía: su famoso «No pasarán» y el «Más vale morir de pie que vivir de rodillas».

 Tras la derrota, llegó a Moscú y fue elegida Secretaria General, máximo cargo orgánico en el organigrama comunista, en 1942. Un año en lo personal para ella muy dramático. Su hijo Rubén, teniente de la aviación soviética, pereció en combate sobre los cielos de Stanlingrado. El recuerdo y la nostalgia de su hijo le acompañó por siempre.

Dolores Ibárruri regresó a España el 13 de mayo de 1977. Se convirtió en el símbolo de que la plenitud democrática estaba a las puertas y que las elecciones del 15 de junio eran legales. Los comunistas solo consiguieron una veintena de escaños mientras el PSOE pasó holgadamente el centenar de ellos.

 Mis recuerdos más personales con La Pasionaria están vinculados a su 90 cumpleaños. Fue un momento muy señalado que el PCE, que intentaba recomponerse, celebró por todo lo alto. Participé con entusiasmo y coordiné la publicación de un gran especial sobre su vida. De aquellos días guardo esta foto, donde ella bajó a nuestra redacción y yo le hice entrega de un ramo de flores. Aparecen en ella su hija Amaya, su secretaria Irene y, al fondo, su nieta, Lolita Sergeyeva, que quiso regresar con ella a España y es la única de sus descendientes que vive aquí. Dos nietos suyos, hijos   de Amaya, Fiodor y Rubén, permanecen en Rusia

 Dejo para el final su religiosidad, que me confirmó en su día su propia nieta que lleva su mismo nombre, y otras fuentes muy fiables. De hecho en la sede de la Santísima Trinidad fui testigo de que recibió en una ocasión la visita de unas monjas. Era de una congregación cuyas hermanas, en el furor anticatólico de quemar conventos e iglesias y asesinato de religiosos del fatídico 1936, había salvado la vida. 

En Moscú, y muy discretamente, seguía yendo a veces a un templo y con ella llevó en alguna ocasión a su nieta. Su retorno a la fe se acrecentó en sus últimos años de vida, su amistad de aquellos tiempos con el jesuita Padre Llanos, el misionero del Pozo del Tío Raimundo era de sobra conocida, y en su lecho de muerte recibió los últimos Sacramentos y la Extremaunción.

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