Imaginando a San Julián en un cómic

Pilar García Salmerón
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Imaginando a San Julián en un cómic

En los muros laterales de la Capilla Honda de la catedral están expuestos ocho cuadros, de autoría y fecha desconocidas que, como si de un cómic se tratara, representan los episodios más significativos de la biografía de San Julián.

Desde 1594, la Lectura IV incluida en el libro de la antigua liturgia del Nocturno de Maitines, una de las horas canónicas que a lo largo del día y la noche rezaban los sacerdotes, se leían las siguientes notas biográficas, que se corresponden casi exactamente con la temática de estas obras pictóricas.

«Su nacimiento estuvo acompañado de determinadas señales que daban a entender lo que sería su preclara santidad y su dignidad episcopal. Pues tan hermoso y bello vino al mundo que, todos los que se fijaban en sus labios quedaban admirados al percibir cierto fulgor celestial que de ellos emanaba y en mayor medida cuando sobre la fuente bautismal se vio aparecer un jovencito ornado de las insignias episcopales mitra y báculo, el cual manifestó a los presentes que debían imponer al niño el nombre de Julián».

«Después, piadosa y santamente educado, instruido con esmero en las disciplinas  liberales, se dio con gran provecho al estudio de la Teología. De aquí que con el ejemplo de su vida y  con la predicación de la Palabra de Dios, aprovechase a toda España de modo admirable.  Adornado con la dignidad de arcediano en la iglesia toledana, fue obligado por el rey de Castilla, Alfonso VIII a aceptar el cargo episcopal, el cual desempeñó con alabanza de todos». Uno de los cuadros recrea su llegada a Cuenca, siendo recibido por los canónigos y sacerdotes de la ciudad.

En el conjunto de cuadros pueden contemplarse dos milagros atribuidos a la intercesión del santo durante su estancia en Cuenca, el cese de la epidemia de peste y el remedio de la hambruna que asoló la ciudad.

«Como se hubiese propagado ante el pueblo, una mortal enfermedad, pronto desapareció mediante la oración del santo obispo. También devolvió la salud a muchas personas afectadas por enfermedades incurables».

«Era asiduo en la oración, con cuya práctica, ardiendo en paterna caridad consiguió de Dios muchas y grandes gracias en favor de su pueblo. De las cuáles las principales fueron éstas: como toda la diócesis padeciese escasez de grano y nada quedase ya en los graneros episcopales, compadecido de la calamidad popular, dirigió al Señor fervientes oraciones mezcladas con lágrimas. Entonces sucedió que fue transportada una grande cantidad de trigo hasta las puertas del palacio episcopal, por numerosos jumentos, los cuales, depuesta su carga desaparecieron».

Los cuadros reflejan la imagen del obispo Julián como la de un pastor caritativo, pobre y austero, que socorría la indigencia de los necesitados, que no sentía reparo alguno en trabajar con sus manos. Hombre mortificado, tentado por el diablo para que renunciara a las privaciones en la comida.  Un estilo de vida  ejemplar comparado con la cotidianeidad de algunos obispos medievales. 

«Fue un verdadero padre para los pobres, que ayudó con su dinero y con su trabajo, las necesidades de los menesterosos, de las viudas y de los huérfanos. Empleó los réditos de su iglesia tanto en ayudar a los míseros como en restaurar y ordenar los templos; contentándose para vivir con poco sustento que procuraba con sus propias manos».

«Vigiló con toda diligencia sobre su rebaño como bueno y solícito pastor, separando los lobos de las ovejas, y apacentando a las ovejas con la palabra de la vida, dando a cada uno el alimento congruente. Castigando su cuerpo con asiduos ayunos se ofreció a sí mismo como ejemplo de buenas obras».

Por último, se plasma la muerte del segundo obispo de Cuenca. «Finalmente, habiendo vivido casi ochenta años con máxima santidad, pleno de días y de virtudes, en buena vejez, emigró hacia el Señor, el día quinto de las kalendas de febrero del año 1208. Y habiendo sido sepultado con todo honor en su iglesia, esclarecido con multitud de milagros después de su muerte, es celebrado con gran veneración del pueblo». Aunque el libro de Maitines no lo incluye, la tradición asegura que, murió implorando la misericordia de Dios, tuvo el consuelo de que lo visitase María Santísima, de quien siempre fue muy devoto, acompañada de ángeles, y pusiese en sus manos una palma, símbolo de su virginidad y victoria. Esta escena, recreada en el último cuadro, conocida como El tránsito de San Julián se repetirá en numerosas obras pictóricas.