Alberto Menéndez o cómo dar la batalla por la historia

Jesús Patiño
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Alberto Menéndez o cómo dar la batalla por la historia

Me lo encuentro en Generación X, una peculiar librería de Madrid, especializada en cómics, juegos de mesa y rol. Allí ha acudido a presentar el tercer libro de Academia Play, del que es coautor: Veinticinco grandes batallas de la historia, aunque esta vez su público está congregado para oírle hablar de una de las batallas en concreto, la de Midway de 1942. 

Dentro de unos meses saldrá el siguiente libro en el que ha participado, del que todavía no puede revelar su título, pero sí dice que tratará de una disciplina que ha inspirado a la humanidad desde tiempos remotos. También está embarcado en un proyecto personal en ciernes que tiene que ver con la novela de historia contrafactual. 

Alberto Menéndez Engra, que así se llama esta joven promesa conquense, estudió bachillerato de Ciencias de la Salud en el Instituto Alfonso VIII de Cuenca, ya que parecía predestinado a continuar con la carrera de su padre, el Doctor Menéndez. Pero no fue así, aunque ello no fuera ni una decisión rápida ni fácil de tomar. 

«Desde bien pequeño siempre me había interesado el estudio del pasado, entender cómo hemos llegado al momento actual en todas sus vertientes; económica, social, política…», asegura, añadiendo que sin duda también fue importante el rastro que le dejaron sus profesores: Elena Melero, Antonio Martínez, Patricia García o Jesús Maíz. A ellos agradece que despertaran en él su pasión por la Geografía y la Historia. 

Así, a fuego lento, se fue fraguando una vocación que le hizo cambiar drásticamente de rumbo, en un momento dado de su vida, y que le llevó a estudiar el doble grado de Historia y Turismo en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, donde a día de hoy sigue investigando. 

Cree que otra de las cosas que puede haber influido en la elección de su profesión ha sido la riqueza histórica de Cuenca, ciudad en la que se ha criado y que considera atesora un inigualable patrimonio y un gran potencial artístico y cultural. «Una de las figuras clave que más me ha inspirado ha sido precisamente el rey castellano Alfonso VIII, el conquistador de Cuenca en 1177 y protagonista de la batalla de las Navas de Tolosa en el año 1212. Todavía recuerdo con cierta nostalgia el día que inauguraron su estatua ecuestre en el casco antiguo».

Siguiendo con la temática de su último libro, me cuenta que en batallas tampoco se queda atrás nuestra provincia, señalando algunos ejemplos de enfrentamientos importantes, como el de la batalla de Uclés de 1108, en plena Reconquista, donde encontró la muerte el heredero del rey Alfonso VI de León a manos de los musulmanes y que propició que la Corona recayese por primera vez en la historia de Europa en una mujer, la reina Urraca I. Y, con el mismo nombre, otra batalla pero muy posterior, la que tuvo lugar en la Guerra de la Independencia contra Francia (1808-1814). 

Preguntado por el futuro de su tierra –aunque especializado en el pasado–, no duda en mojarse, y, si bien es consciente de la dificultad que entraña una opinión que desgrane soluciones, sobre todo cuando estas soluciones exigen de un análisis muy pormenorizado, sí que se atreve a plantear la necesidad de un plan a largo plazo, y lanza esa famosa frase atribuida a Otto von Bismarck, que resumiría su idea: «El político piensa en la próxima elección; el estadista, en la próxima generación». 

Alberto comenta la suerte que tenemos los conquenses de contar con una red de museos que poco tiene que envidiar a las grandes capitales de España: el Museo de Arte Abstracto Español, el Museo de las Ciencias de Castilla-La Mancha, el Museo Paleontológico de Castilla-La Mancha, El Museo Arqueológico de Cuenca, etc., además de otros espacios igualmente reseñables dedicados a la cultura y al arte. 

Considera que los museos cumplen una función indispensable en nuestras sociedades, como es la de acercar la cultura a todos los públicos, sin importar la edad, condición, o nivel de conocimientos, y ser lugares de encuentro entre diferentes generaciones. Además, constituyen en su opinión un recurso turístico de primer orden y ayudan a vertebrar el territorio. 

«Anteriormente los museos eran poco más que lugares de almacenamiento de colecciones de objetos. No obstante, en las últimas décadas se han hecho grandes esfuerzos para mejorar la comunicación y la divulgación de sus contenidos», asevera, y a renglón seguido señala como un ejemplo el Museo de las Ciencias, por haber sabido modernizarse y organizar multitud de eventos, exposiciones o actividades interactivas para todos los gustos y rangos de edades. 

Al hilo de los museos, y alejados del plano estrictamente local, este historiador y también ya escritor, se lamenta de la llegada a España de lo que algunos colectivos denominan «la descolonización de los museos». Para él no es un tema baladí ni de menor importancia, y apunta que las instituciones culturales deben contar con personas especializadas para el cumplimiento de sus fines. «Para entender mejor la llamada cuestión descolonizadora, primero debemos estudiar cual fue exactamente el papel de España ejercido en el continente americano, y en otras regiones del mundo, frente al desarrollado por otras potencias como el Reino Unido o Francia. No se asemejan en absoluto. Para este caso en particular, recomendaría la lectura del último libro de Javier Rubio Donzé, España contra su leyenda negra: Mitos, agravios y discursos».

Pero, en ese aspecto, reconoce que los museos no dejan de ser el reflejo de la sociedad del momento: «En palabras del sabio historiador José Soto Chica: 'la historia es la espada más afilada de todas, por lo que todos desean empuñarla'. He de reconocer que resulta una batalla difícil de ganar, incluso para los historiadores».

Chaqueta militar, bandera estadounidense, casco, mochila… dejo a Alberto convertido en todo un actor de La delgada línea roja, no sin antes desearle la mayor de las suertes en todos sus proyectos y, por supuesto, que siga sin dar ninguna batalla por perdida.