Sembrar con garantías

SPC
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La sementera es un momento clave para el cerealista. Emplear semillas certificadas es esencial para garantizar buena nascencia, además de ausencia de enfermedades

Sembrar con garantías

Para el agricultor cerealista, el momento de la siembra es sin duda uno de las más importantes del año. Es el punto de partida y de ello depende en gran parte la cosecha que se recoja en verano. Hay que aprovechar el tempero -que este año está siendo generoso gracias a las abundantes lluvias- y elegir bien los insumos que se van a utilizar. En el caso e los abonos hay poca variación, más allá de decidir qué nutrientes interesan más o menos en función del cultivo que se sembró la campaña anterior, el tipo de suelo o la especie que se elija para el curso que está comenzando.

Pero es precisamente esa elección, la de la simiente, la que más puede influir en los resultados y, en consecuencia, en la rentabilidad final de la explotación. Es esencial utilizar grano con garantías para evitar problemas indeseados como la transmisión de enfermedades fúngicas (muy difíciles de identificar en la semilla), la presencia de malas hierbas o una posible mezcla en origen de distintas variedades o especies. Y para ello la única opción es la utilización de semilla certificada.

En ese sentido, la legislación vigente únicamente autoriza dos posibles opciones para el agricultor. En primer lugar, la compra de semilla certificada, tanto de la categoría R1 como de la categoría R2. Este material se identifica fácilmente, ya que siempre llevará una etiqueta de color azul o rojo que contiene el detalle de las características de este producto en lo que se refiere a calidad. Este tipo de semilla certificada es el único material para la siembra que puede ser objeto de comercio. Se trata de un material sometido a rigurosos controles por parte de la Administración, tanto en campo como en laboratorio, con el fin de garantizar la mejor calidad al agricultor.

Aparte de esas semillas R1 o R2, el cerealista puede optar por reutilizar grano de su propia cosecha, siempre que esta reutilización tenga un origen lícito, es decir, provenga de una anterior siembra de semilla certificada. Javier Álvarez, técnico de ANOVE (Asociación Nacional de Obtentores Vegetales), explica que ese reempleo de semilla es una opción aceptable, pero siempre que que no se haga más de una vez.

La razón es que la R1 o R2 que se adquiere viene con todas las garantías. No lleva consigo malas hierbas ni semillas que no sean exclusivamente de la variedad que reza el etiquetado y además ha sido sometida a exigentes exámenes para evitar la presencia de hongos u otros patógenos que puedan propiciar la aparición de plagas. Sin embargo, el agricultor no puede asegurarse de todos estos factores si reutiliza la simiente obtenida de su propia cosecha. El primer año lo más probable es que no haya problemas, pero si se reutiliza año tras año ya no se puede contar con esas garantías, puesto que no ha sido sometida los controles que sí se realizan con la certificada. Todo ello puede conllevar una merma en la producción final de la explotación como consecuencia de que estos productos no han sido sometidos a ningún tipo de control por la administración competente en sanidad vegetal, ni durante su producción, ni durante su procesado final.

Este problema se multiplica si se usa semilla ilegal para la siembra. La compra como material para siembra de otros tipos de productos, como son los envases que contienen granos identificados con etiquetas que informan que su destino es «material para pienso» y granos sin ningún tipo de etiquetado, puede traer consecuencias legales severas, tanto para el vendedor de estos productos, si es conocedor del verdadero destino de esta materia prima, como para el agricultor que efectúa la compra.

Javier Álvarez explica que al vendedor puede llegar a compensarle este tipo de transacciones. «De sacarle 10 euros por tonelada, puede llegar a obtener 150», dice. Sin embargo, para el agricultor no tiene mucho sentido. «Estamos comprobando que la cebada ilegal se está vendiendo a unos 430 euros por tonelada, mientras que la certificada R2 ronda los 470. Es decir, hay 40 euros de diferencia. Si tenemos en cuenta que una hectárea precisa de unos 200 kilos para la siembra, resulta que el agricultor se está ahorrando ocho euros por hectárea, pero a cambio se está jugando una denuncia, aparte de sembrar un material que no le proporciona ninguna garantía», expone. Asimismo, es importante recordar que la vigente legislación tampoco autoriza al intercambio de granos para la siembra entre agricultores.

 

R1 y R2.

La semilla certificada tiene su origen en las empresas obtentoras, que se encargan de conseguir nuevas variedades adaptadas a diferentes problemas que se encuentra el agricultor (enfermedades, sequía…). Esta empresas facilitan la llamada semilla G4 a otro tipo de empresas, las multiplicadoras, que se encargan, como su propio nombre indica, de multiplicar esa G4 para poder abastecer a los agricultores de R1, que es la semilla que se obtiene de esa primera multiplicación. Esas mismas empresas multiplicadoras pueden realizar una segunda siembra a partir de la R1 para obtener la R2. Ambas semillas, R1 y R2, cuentan con todas las garantías sanitarias y de nascencia gracias a los exigentes controles a los que son sometidas, pero la R2 es más económica. Por eso Javier Álvarez, el técnico de ANOVE, dice que lo ideal sería adquirir R2, reutilizarla un año (esa semilla se denominaría R3) y, al año siguiente, volver a comprar semilla certificada R2. De esta manera, el agricultor tiene la seguridad de estar siempre sembrando material de calidad que, a la postre, se va traducir en mejores cosechas.

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