La Navidad en Noruega

Almudena Serrano
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Louis Énault, novelista y periodista francés, escribe sobre el país escandinavo

La Navidad en Noruega

El novelista y periodista francés Louis Énault escribió en el año 1866 sus impresiones sobre la Navidad en Noruega: «La noche en que el hijo de Dios se hace hijo del hombre inaugura los saraos del invierno». Aquellas líneas vieron la luz en la prensa oficial de España para solaz de los lectores. Según monsieur Énault, no había un lugar en el mundo donde estas fiestas se celebrasen con más alegría que en Suecia y Noruega. La costumbre, tan importante para la humanidad, en Noruega se plasmaba en que «se dedicaban los dos primeros días a los criados, que en todas las casas son servidos por sus amos. En dichos días, estos trabajadores de todo el año descansan y les rodea la abundancia, entregándose después del festín a cantos y bailes que se prolongan hasta muy entrada la noche». A continuación, comenzaba la fiesta de los señores.

Énault expone el origen, anterior al cristianismo, de la Navidad en el Norte, puesto que noruegos y suecos nombraron a estas celebraciones «Fiestas de Yule». De esta manera, «cuando la fe de Jesucristo dominó en todo el territorio, las fiestas de Yule se restablecieron, aunando la festividad del nacimiento del Redentor con los recuerdos de los antepasados».

Al solsticio de invierno los islandeses le llamaban «la noche suprema» y los anglosajones «la noche madre». La «noche suprema era porque es la que cubre la tierra con más prolongadas tinieblas», y la «noche madre porque tras ella empieza el sol su carrera ascendente». En todas partes se celebraba con juegos, sacrificios y festines, y se cantaban canciones a los héroes y al amor, de casa en casa.

Destaca Énault los principales escenarios de estas fiestas: el árbol de Navidad y los misterios. El árbol, de origen puramente escandinavo, «recuerdo del árbol sagrado ygdrasib, cuyas ramas eran humedecidas continuamente por un rocío brillante y celestial, y que se mantenía siempre verde sobre la fuente de las Nornes, famosos parques de la Scandinavia». Este escritor explica que, en Noruega, el árbol era un «arbusto recientemente cortado», que se colocaba en la sala más espaciosa de las casas y que extendía «sus verdes ramas cargadas de luces, flores y frutas que no han germinado al aire libre, y que envuelven misteriosamente los aguinaldos con el nombre de la persona a quien se destinan». Una vez que se retiraban los frutos, se procedía a una representación teatral, «obligado intermedio de las fiestas de Navidad».

En cuanto a los Misterios, los describía como «composiciones dramático-religiosas con que se deleitaban nuestros antepasados, sostenidas durante la edad media». Entre los diferentes «misterios» representados, el preferido era el Misterio de la Estrella, que comenzaba siempre «por el canto coreado del himno antiguo delante de un pequeño pesebre», donde aparecía «dormido entre envolturas de encaje un niño Jesús de cera blanca y color de rosa». Una vez que el coro finalizaba su interpretación, se escenificaba «el nacimiento en el humilde pesebre, la adoración de los Reyes, la persecución de Herodes, excepto la degollación de los inocentes, que se suprime por la ternura de las madres, y, por último, la huida a Egipto». Aunque los decorados eran sencillos y el «juego escénico con poco arte», señala Énault la fe profunda que dominaba en los actores, fundamentado en el convencimiento de la verdad de los hechos que se representaban. Finalmente, se cenaba y, tras el festín, llegaba el baile.

En estos días festivos se hacían visitas entre amigos, quedaban suspendidos los trabajos del campo, «y el gran reposo de la naturaleza parece que está invitando a entregarse al júbilo». La nieve y el frío presentaban un paisaje de explanada apropiada para la circulación de trineos «en todas direcciones».

La consideración de vecino incluía a los que vivían en un espacio de 20 leguas. Los agasajos o convites se hacían formando «una lista de convidados que se entregaba por un patinador que va presentándola de casa en casa, y al lado de cada nombre se indica la aceptación o la excusa del convite». Los trineos llevaban cascabeles, siendo su lejano sonido el anuncio de que se acercaban los invitados. Una vez que estaban ante la casa, se avisaba «al cabeza de la familia que aparece en el pórtico de su casa, saliendo sus criados con antorchas al encuentro de los convidados». Indica Énault el detalle de que las damas se abrigaban «con mantos de Christianía (Oslo), indígenas de la Noruega». Nada más llegar, se les ofrecía una taza de café o té, pasando luego a la mesa, sirviendo un plato especial, «el mellem-maalti, en que entran diversas viandas, de las cuales se sirve y come cada uno a su placer. Las mujeres beben un vaso de agua y los hombres un vaso de aguardiente». 

Después, se pasaba a jugar a las cartas, «observándose como rasgo característico de costumbre que las mujeres no juegan nunca, y que la parte en que se interesan los hombres es muy módica». Los juegos que gozaban de más popularidad eran «bosto, el hombre y el sirvenzel, especie de juego de cientos». No todos los hombres jugaban; los que declinaban participar en ese pasatiempo, «hablan o fuman tranquilamente según sus edades, o cantan y bailan al compás de las guitarras». La guitarra, instrumento típicamente español, fue introducido y difundido en Noruega por los «marinos españoles que hacen frecuentes viajes a Bergen». Otro instrumento musical usado fue el piano, aunque «no traspasa en Noruega los límites de las ciudades».

En estos entretenimientos de juegos, charlas y música se bebía ponche, «bastante fuerte», que «circula incesantemente y beben de él hombres y mujeres».

Llegadas las ocho de la noche se servía «la comida compuesta de peces, aves, gamo, conservas, etc». En las casas de Noruega, «el servicio interior está confiado a las mujeres, y gracias a ellas no puede encontrarse en ninguna parte hospitalidad más íntima ni agradable».

Para finalizar, Louis Énault abunda en la dicha que produce en los noruegos agasajar a los seres que les rodean: servidores, familiares y vecinos. Sin embargo, «su expansiva benevolencia no se contenta con invitar a los hombres, sino que también convida al festín a las aves. El día primero de Pascua, por la mañana, se coge la mejor gavilla del granero y se coloca en un palo fuera de la casa, al lado de la campana que se toca para los servicios domésticos». En aquellas latitudes, el invierno es duro para los pájaros, puesto que «los árboles cubiertos de nieve y la tierra de hielo les niegan el preciso sustento». Los pájaros asisten con rapidez «apenas ven en las casas aquel espléndido banquete».

Completa su relato navideño con el debido agradecimiento mostrado por la Creación: «de esta manera, no solo los hombres dan gracias a Dios, sino que hasta los pájaros envían con sus trinos mil bendiciones al Omnipotente en la festividad del nacimiento del Salvador del mundo».

¡Feliz Navidad!