Humberto del Horno

Lo fácil y lo difícil

Humberto del Horno


Vía Crucis (I)

24/11/2023

Me perdonen lo pagano, pero pretendo en estas líneas emular una devoción que, si bien es católica, quiero expandir a lo meramente disfrutón. No voy a mandarle camino de la cruz, no irá por la vía dolorosa. Sólo quiero acompañarle en un paseo por catorce estaciones conquenses, que aunque sí son de pasión, no lo son de sufrimiento. Verán. Baje desde lo más alto del Castillo, se encontrará con el turista. No sabrá decirle cuánto tiempo lleva clavado de pies a la calle Larga y de mirada a la hoz del Huécar, cosiendo las calles a golpe de vista y descubriendo por qué la ciudad es única. Pase el Arco del Bezudo y ahí está Fray Luis, de espaldas a la ciudad, junto al Archivo que seguro guarda parte de su legado y sin importarle el mundanal ruido del tránsito de coches de la calle Trabuco.

Atraviese la Plaza Mayor, entone si quiere el pasodoble de Megía y rodee la Catedral por Obispo Valero para toparse con Alfonso, que entre casarse en Tarazona y firmar en Villasila se quedó atrapado a caballo en una Cuenca Matea que nunca dejará de contemplar. Enrosque Canónigos y descuélguese por las Casas para ir a saludar al pastor, que si bien echa de menos La Vega del Codorno tiene el privilegio de haberse anclado eternamente a la postal más icónica de Cuenca. No se resista a seguir bajando de la mano del Huécar, transitar Tintes y pasar por Parque San Julián a saludar a Gregoria de la Cuba. 'La Goya' la llamábamos cuando a los quince y siempre en viernes mezclábamos a sus pies Coca-Cola buena y vino malo en una garrafa del Solán.

Si se escapa por la puerta que da a Aguirre puede asormarse a ver si el Quijote le da alguno de los consejos que conforman dos de los capítulos más brillantes de la obra de Cervantes. Desde allí casi le descubrirá el soldado caído en África, cien años ya coronando la Plaza de la Hispanidad; le señalará el camino para abordar Sánchez Vera y cruzarse con el maestro, que no es ninguno y lo son todos, y que me recuerda a Carlos Ramón, a don Marcial, a doña Alicia... Deje atrás República Argentina y Castilla-La Mancha para comprobar cómo Chicuelo sigue escoltado por la plaza de su bautismo. Y, casi vecino suyo, Luis le contará cuando se vistió de amarillo en París, allá en el 73. Vaya al encuentro del Júcar para cruzar el parque fluvial, suba a San Antón, tendrá otra vista de Cuenca. Que le cuente Pedro Mercedes cómo se ve su alfar ahora que lo vigila desde la avenida a la que dio nombre.

Si sube calle Colón, salude a la familia numerosa que reposa en los jardines de la UNED antes de bajar Mateo Miguel Ayllón a contemplar al bancero y la nazarena de San Juan Evangelista. Pregúnteles, si no sabe el camino, cómo superar Calderón de la Barca para subir desde Trinidad y perderse en el ruido figurado de los tambores de nuestros turbos de acero, que descuentan días para volver a mezclarse en su curva con los clarines del próximo Viernes Santo. De una ciudad también habla su memoria, y estos catorce pasos grabados en otras tantas esculturas con firma en cincel de Luis Marco Pérez, Javier Barrios, Lorenzo Redondo o 'El Herrero de San Antón' sirven para conocer Cuenca también con una mirada hacia atrás, que es distinta, pero que también enriquece.