Juan Bravo

BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


El naufragio que viene

06/11/2023

El profundo desasosiego que se palpa en el ambiente no augura nada bueno y hasta es posible que guarde algún parecido con el que, según leemos en las crónicas de la época, vivieron nuestros abuelos en 1898 por culpa de los egoísmos ancestrales de una casta política incapaz y empeñada en hacer responsable al otro de sus propias miserias.
Nuestra nula experiencia política después de la 40 años de dictadura propició que a partir de 1975, obnubilado el pueblo con esa hermosa palabra que tanto anhelábamos instaurar por estos lares –me refiero, claro está, a la democracia–, una serie de aventureros de la política tomaran el parlamento y, merced a unos cuantos líderes que a duras penas supieron lo que hacían, pero bien apoyados y mejor apadrinados por los grandes prebostes europeos del momento, lograron sacar a España de las «negras tormentas que se cernían sobre nuestro suelo» y meternos, por fin, en Europa. Fue la época de Felipe González, uno de esos seres providenciales que coloca la Historia en un momento propicio para evitar el naufragio.
Con la caída del líder sevillano y la llegada de Aznar, que unió su suerte al de Bush hijo, el impulso siguió pese a la maldición etarra. Quien más, quien menos confiaba en que la falta de ideas de los políticos las supliera el entusiasmo y la ilusión. Pronto vimos, no obstante, que los partidos se cerraban, cayendo en manos del más astuto y ladino, que, formando a su alrededor un grupo voraz y ávido de prebendas, no permitía que nadie con visión de futuro y apertura de miras viniera a disputarles el botín.
Fue, en efecto triste y desolador ver cómo no sólo la ideología se perdía, sino de qué forma el aventurerismo se agudizaba y las banderías tomaban los dos grandes partidos nacionales y todavía más el partido de Pujol y el PNV. Bastaba dominar los centros propagandísticos para perpetuarse en el poder. La llegada de Podemos, pese al deslumbramiento inicial, no hizo más que degradar aún más una situación ya de por sí degradada. La extrema derecha se fue afianzando después de liberarse de los viejos complejos de antaño. Un rayo de esperanza vino con Ciudadanos, pero la vanidad los asfixió. Y, concluida la aventura de Zapatero –el primer auténtico pistolero encaramado al PSOE– y fallecido Rubalcaba –el político más lúcido de los últimos años después de Felipe González– apareció Pedro Sánchez, se metió en la Moncloa, le cogió el gusto y, fiel a la vieja premisa del "París bien vale una misa" de Enrique IV de Francia, y al manual, mal leído, de Maquiavelo, se muestra dispuesto a lo que sea con tal de seguir en el poder cuatro años más.
Una aventura la suya y la de sus turiferarios que tiene alucinada a media Europa y que en España adquiere por momentos sesgos dramáticos. Yuxtaponer su destino y el del socialismo español a una serie de partidos, en su mayoría independentistas que odian sus raíces hispánicas y lo único que ansían es separarse de España, es como dormir con una cobra o bañarse con pirañas. Pero este hombre es de los que ven la linde y la siguen hasta el final haciendo oídos sordos a todos los Santos. Su única virtud: saber mover bien sus peones, fanatizados en su mayoría. El problema es la caída, cuando se produzca. El desencanto a su alrededor no puede ser mayor; él sí que se las ha apañado para dividir a la ciudadanía española, jodida ya desde hace años con la división  de España en reinos de taifas. Y si eso no era suficiente, ahora tenemos, merced a su sabia gestión, ciudadanos catalanes y vascos, ciudadanos de primera, de segunda y de la España vacía y solitaria.
Con individuos como los que se disponen a regir nuestros destinos, lasciate ogni speranza, y, sobre todo, tentémonos la cartera porque se necesitan muchos duros para contentar las necesidades del que ya anda preparando el palio para hacer su entrada triunfal en la Generalitat. ¡Ay, qué pena, que no viviera Tarradellas!

«Yuxtaponer su destino y el del socialismo español a una serie de partidos que odian sus raíces hispánicas, es como dormir con una cobra o bañarse con pirañas»