La Plaza Mayor, entre la añoranza y la insatisfacción

José Luis Muñoz
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La Plaza Mayor, entre la añoranza y la insatisfacción

En casi todas las ciudades, pueblos y lugares de la vieja Europa, la Plaza Mayor es un espacio urbanístico muy definido, que la cultura española trasplantó al nuevo continente pero que desconocen en otras latitudes, por ejemplo, en Estados Unidos o en los países orientales. En esa peculiaridad reside uno de sus mayores atractivos que se concreta en maravillosas plazas mayores repartidas por nuestro país y que no hace falta que sean necesariamente monumentales, pues muchas de ellas lo que ofrecen es un sentido de arraigo popular que incrementa su valor estrictamente visual. Y, por supuesto, la Plaza Mayor es un sitio para la convivencia social, en primer lugar de los propios vecinos y complementariamente de quienes se acerquen hasta ella para conocerla o disfrutarla.

Es la de Cuenca una Plaza Mayor ciertamente original, con una disposición que rompe el molde habitual o dominante en la inmensa mayoría de estas plazas existentes en la vieja Europa, casi siempre de perímetro rectangular y en muchos casos con soportales. Para empezar, tiene un perímetro absolutamente irregular, parecido a un trapezoide y no es un recinto cerrado, sino tan abierto que además de recibir varias calles hay una, la principal, que la cruza por completo, en lo que es un factor anómalo, porque impide que aquí se pueda ejercer en plenitud algo que es esencial en casos similares: la convivencia ciudadana, el libre paseo o estancia en el interior del espacio definido. Y encima, para rematar el catálogo de dificultades, el suelo no está horizontal, sino inclinado, lo que ya es el colmo de la originalidad. Pese a todo ello, la Plaza Mayor de Cuenca siempre ha tenido el encanto ambiental que le proporciona la edificación circundante, estimable combinación de monumentalidad institucional alternando con viviendas populares.

César González-Ruano la definió con su prosa sencilla y eficaz, no exenta de un punto de ironía: «En la plaza hay unos bancos. Una panadería, dos bares, un barbero, un humilde quiosco de periódicos, en el que no hay periódicos, y, hasta que por las tardes riegan con un camión-cisterna, mucho polvo y gran riqueza en moscas».

Quienes se dejan llevar por la nostalgia de los recuerdos (y en Cuenca forman una legión, como demuestran constantemente con sus comentarios en las denominadas redes sociales), no pueden evitar caer la añoranza de cuando la Plaza Mayor tenía árboles y era un garaje de coches; lo primero, probablemente, estaría bien y se podría recuperar pero lo segundo no lo entiendo, porque desde mi punto de vista, los coches deberían ser radicalmente eliminados, aquí y en todas partes, para dejar en paz a los seres humanos. En el caso que nos ocupa, a pesar de la prohibición expresa que existe, siempre hay unos cuantos vehículos aparcados en ese recinto.

La actual visión de la Plaza Mayor de Cuenca es claramente insatisfactoria porque su última reforma no fue nada acertada, dando lugar a ese espacio informe, con un pavimento inadecuado y una organización espacial incómoda, lo que explica que de inmediato se pusiera en marcha un concurso de ideas para volver a modificarla. Todavía en el año 2008 se recogía en la prensa del momento que el consistorio municipal confiaba en que a lo largo de ese año podrían empezar las obras de rehabilitación cuyo proyecto estaba en manos del Colegio de Arquitectos con el resultado de que nada se hizo y así seguimos.

Aún de vez en cuando alguien insinúa que habría que volver a poner en marcha un procedimiento de esa naturaleza, pero me parece que lo dice con la boca pequeña y sin muchas ganas de tomárselo en serio. La Plaza que hoy conocemos es el resultado de una larga evolución urbanística; en la Edad Media, en el tiempo inicial de esta ciudad, había dos pequeñas plazas (en una estaba el rollo de justicia, desgraciadamente perdido en algún momento indeterminado) en las que se acumulaban talleres artesanales, tenderetes del mercado callejero y un incesante trajín de gentes, hasta que en el año 1527 el rey Carlos I autorizó al Ayuntamiento a emprender el procedimiento de adquisición de todas las casas que se consideraban un estorbo para lograr definir un espacio más amplio y cómodo, porque la «que dicen plaza del Rollo, que está delante de las casas del Ayuntamiento, que es muy pequeña y que para ensanchar convenía que se tomasen ciertas casas que están alrededor» autorizando un gasto de hasta mil quinientos ducados que luego se precisó ampliar con otros 480.000 maravedíes. A partir de ese siglo XVI es conocida como Plaza Mayor y así surge un espacio amplio pasa a ser utilizado para la celebración de festejos populares, actos comunitarios, corridas de toros, etc.

Así pudo sobrevivir, con algunos cambios puntuales, hasta que en el tramo final del siglo XX se emprendió la reforma que habría de dar el resultado actual. En ese trajín incesante de cambios se perdió, como acabo de señalar, el rollo de justicia y también, posteriormente, la Cruz de los Caídos (si alguien tiene curiosidad por conocerla, puede darse un paseo hasta La Cierva y allí la encontrará), la gran farola central, los coches y los árboles pero en cambio llegaron las terrazas que, al paso que van creciendo, terminarán por apoderarse de todo el suelo disponible. Hay motivos, desde luego, para sentir nostalgia por la Plaza Mayor que conocimos hasta hace unos años y que ya no volverá, pero quizá habría que introducir algún punto de equilibrio para decidir, con razón y sin sentimentalismos, qué es realmente lo que conviene recuperar y cómo se podría definir ese lugar, para que sea a la vez cómodo y atractivo.